sábado, 13 de marzo de 2010

La droga como un boicot, o el miedo a no saber decir “no”

Historia de una adicción, 4a entrega

Un gramo por semana. Luego, un gramo por cada tres días. Luego, a los dos años: uno por día.
¿Qué sentía? Me preguntan mis amigos y algunos lectores.
Sentía miedo. Mucho miedo. Pero no lo sabía.
Me explico:
En ese momento el miedo estaba disfrazado de “buena onda”, de “viva la vida”, de “me vale madres; yo quiero y puedo”.
Así eran los disfraces de mi estupidez.
Y era una estupidez enorme, gigantesca. Ay, cómo duele la estulticia, y la ignorancia de padecerla.
Y en ese miedo, en ese viaje, fui perdiendo sin darme cuenta, a mis amigos, a mi familia… me fui perdiendo a mí mismo.
¿Cómo es que alguien puede decir que ama a alguien, si no ha aprendido a amarse uno? Ya sé que parece un lugar común, pero indispensable para explicarme:
Conocí a Lola, a quien seguiré llamando “el amor de mi vida”, una noche, en una fiesta. Y, lo juro, quedé arrobado, tonto, como levitando, como, como… como nunca más he vuelto a sentirme.
A los tres días estábamos saliendo, y confirmé lo que sentí aquella noche: era, para mí, la mujer más hermosa que jamás haya visto, la única que, sin conocerla, ocupaba mi pensamiento noche y día.
Salimos, y a los tres meses nos hicimos novios.
¿Y qué tiene que ver esta historia con mi creciente adicción? Mucho, mucho en verdad.
Apenas comenzamos a salir, a ser novios, fui derechito a su casa a hablar con sus padres, porque, según yo quería hacer bien las cosas y pedir permiso para salir con la hermosa Lolita cabello negro, piel blanca, ojos grandes… (“ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero”), cuando en verdad lo que sentía era un miedo terrible, un miedo tremendo a ser responsable de una relación, a ser responsable de elegir una pareja y hacer una vida adulta… Mucho miedo.
Y sigo explicando:
Fue esa etapa, justo en esa etapa, cuando pasé de un gramo cada tres días, a un gramo por día. Ahora lo veo, en retrospectiva, pero lo veo claro, como el agua: cada vez que la vida me ponía un reto, yo lo echaba a perder, aumentando la dosis, aumentando la informalidad de mi persona.
En esas estaba, vuelto loco por Dolores, enamorado hasta el tuétano, enamorado hasta el alma, enamorado, enamorado, enamorado… Tan enamorado, que comencé a boicotearme, a boicotear la relación que iniciaba bien, sin problemas aparentes. ¿Cómo? Saltando de un gramo cada tres días a un gramo por día, por noche, es decir comenzando una carrera contre el sueño, contra mi naturaleza.
Era un viernes por la noche, veíamos una película en su casa,. Con palomitas, con su familia, todo bien, todo formal, hasta que alguien dijo: mañana vas a ir con nosotros a la fiesta de no-me-acuerdo-quién, y yo dije sí. La-fiesta-familiar es un rollo que nunca me ha gustado, ni en mi vida personal, y el miedo, el miedo y la estupidez de no saber decir NO me hicieron boicotear la relación, boicotear la fiesta, boicotear mi vida:
Ese viernes consumí un gramo toda la noche, en unas cuantas horas… Al día siguiente, estaba enfermo del estómago, ojeroso, con dolor de cabeza, sediento, ansioso, nervioso, de mal humor… Y aún así quise presentarme en casa de Lolita, como para que vieran que me sentía mal, que estaba mal, como para no tener que decir “no quiero ir”, porque hasta eso me daba miedo, y como un niño que se dice enfermo para no ie a la escuela… Ay, qué asco me da recordar estas tonterías.
Luego del enojo de Lola, luego de la jeta que me pusieron sus padres, sucedió lo que había querido evitar: “tuve” que ir a esa fiesta familiar, poner cara de me siento muy contento, tratar de contentar a mi novia, que seguía sin entender cómo la pizza y las palomitas de la noche habían causado tal estrago en mi estómago.
Esa noche, luego de dejarla en su casa con sus padres, ya en la mía: volví a meterme un gramo entero toda la noche, y el domingo tuve que levantarme sin haber dormido ya por segundo día, ir por mi novia, y poner cara de no pasa nada…
Aunque ahora sé que lo importante no fue siquiera haber perdido, luego de varios meses, a la mujer que creí haber amado tanto… Lo negativamente trascendente fue que mi mente había aprendido algo: podía vivir con un gramo al día y hasta sentirme vivo.
O al menos eso creía.
Y eso no fue lo único que perdí con mi adicción.

Cada noche, a las 10, mi dosis de cocaína

Historia de una adicción, 3a entrega

Las diez de la noche de un día equis. Las equis horas de un día diez. Qué más da la precisión, la ubicación en eso que llamamos tiempo. ¡Cuánto tiempo perdí, ay, cuánto tiempo!
Noches enteras en vela, mirando al cielorraso de mi cuarto, el de un hotel, el que fuera. Apenas daban las diez, me urgía salir de donde fuera, de donde estuviera, para meterme en mi habitación, de soltero y la de casado también, para correr como imbécil al baño y abrir el sobre mágico que me llevaría al mundo de la estupidez, del abandono, de la enajenación, que es decir la negación de mi mismo y de todo lo que había construido.
Qué más da la precisión, la ubicación, si durante trece años fue el más completo estúpido, y recuerdo esas noches perfectamente, tirado en mi cama, solo, siempre solo, porque aunque estuviera acompañado, yo estaba solo, metido en mi droga, en mi mundo doloroso.
Pero ya no me duele, es más, me da risa. En serio, mucha risa.
¿Por qué?
Porque en un tiempo hasta llegué a creer que el sufrimiento era el paso necesario para llegar al gozo. Porque creí, en serio, lo juro, que había que llorar para saber reír. JA-JA-JA.
Y, la verdad, es una de esas tantas frases hechas que llegamos a tragarnos completitas y las hacemos propias y las defendemos a ultranza.
Desde joven tuve inclinación por el dolor, por el sufrimiento, y crecí admirando a Marilyn Monroe, a Marlon Brando, a James Dean, a Neruda, a Oscar Wilde, y a tantos y tantos personajes atormentados y tormentosos. Creí que su dolor era el resultado de un proceso creativo que los impulsaba a generar, a crear, a ser. Y de ahí pasé a creer que para sacar lo mejor de mí, yo tenía que vivir el drama, el sufrimiento, como una manera de vida, como un modus vivendi que, incluso, me diera de comer y me permitiera llegar a ser tan famoso como aquellos que idolatraba.
(No es de risa, es en serio. Muy en serio. Y es importante para entender, luego, cómo pude salirme de esa mierda en la que vivía. Claro importante para el que quiera entender que salir de la droga –o de cualquier dependencia, emocional, física, moral…- no es un acto de valor ni de heroísmo, sino que es algo tan sencillo, pero esta es harina de otro costal).
Porque hice de esa creencia un rezo, una plegaria: todos los días lo pensaba, todos los días lo analizaba con mi lógica y llegaba a esa conclusión: el sufrimiento era el camino.
Al llegar a los veinte años, y casi a punto de terminar mi carrera universitaria, casi a punto de iniciarme en los medios de comunicación, creí haber olvidado esa creencia. Sin embargo, el problema es que ya había metido esa información en mi cerebro y estaba sellada, así que justo seguí el camino que ya había trazado: comenzar a sufrir, a construirme una cruz enorme en la cual abrir los brazos y mirar desde el cielo para decirle al mundo: perdónalos porque no saben lo que hacen, y culpar a los demás de mis errores.
Ofrezco disculpas si a alguien ofende esta imagen, pero pido que antes de juzgar relean el texto y entiendan: la pauta cultural y social en la que estaba inmerso, en la que sigo viviendo ya sin contaminarme, me ayudó a programar a mi mente para la autodestrucción, para la auto conmiseración, y que de alguna forma una gran parte de la humanidad se la pasa construyendo su propia cruz para al final de sus días treparse a ella y decir que la culpa fue de los demás, que la vida fue injusta, que los amigos me orillaron, que yo no quería, que no pude dejar la droga, que el alcohol me venció… que se trata de enfermedades que no distinguen raza, credo, posición social… Jajaja. O sea, el asunto es que nadie quiere tomar las riendas de su vida y es más fácil decir que es una enfermedad, y así justifico el seguir drogándome, el seguir alcoholizándome, al fin y al cabo estoy enfermo, y necesito que venga papá o mamá y me lleven al doctor, porque en esencia sigo siendo un inmaduro que insisto en echarle la culpa al vecino, al amigo, a la novia, la esposa, al trabajo, a la presión del trabajo, al sol y a la luna de las estupideces que cometo y que, en el fondo, entiendo perfectamente: quiero estar mal, quiero estar mal, quiero estar mal, y lo hago a la perfección.
Qué denso, qué denso.
Y estas son conclusiones que hago en breves reflexiones durante el día, porque desde hace mucho tiempo, por estos días cumplo 8 años libre de drogas, cuando entro a mi habitación es para dormir, ya no para drogarme y estar como imbécil viendo el cielorraso esperando que un milagro ocurra.
Los milagros existen, lo juro, pero necesitan de uno para realizarse.

Ocho años libre de droga, y cómo pasé de un jalón a 10 gramos diarios…

Historia de una adicción, 2a entrega

Miedo, angustia, ansiedad, tristeza, desesperación… Me acuerdo y un ligero escalofrío recorre mi espalda, me sacude la cabeza, me golpea… Durante los dos primeros años de mi adicción, todos los días me regalaban la droga. Como no consumía “tanto”, pues se trataba de pedir y alguien “generoso” siempre se ofrecía a tirarme el anzuelo, y yo a pescarlo con los dientes, con el alma, con la inmadurez y la estupidez de mis 23 años.
Dos años, en serio, la droga fue gratuita. Y ni de lejos me imaginaba que era el pasaporte a la locura, a la desesperación, al abismo en el que caí durante trece años.
Y yo, tan imbécil como millones de fumadores, de alcohólicos, de mariguanos, de cocainómanos, dije: sólo es para probar, sólo es para que no me cuenten. Pretextos, todos. Estupideces que maquinaba mi cabeza con tal de justificar mi inmadurez. Pregúntenle a un adicto, y de inmediato responderá, en automático: es que… es que… lo que pasa es que… lo que pasa es que…
¡Guácala!, la inmadurez absoluta de no admitir el error, de culpar al de al lado. En serio, me da escalofrío, me da miedo, me da no sé qué de pensar en ese Víctor Hugo que se sentía tan fregón, y verlo a la distancia tan imbécil, tan tonto de inhalar veneno y creerse listo para encontrar pretextos que me justificaran.
Y nadie, en serio, nadie del círculo que frecuentaba, se negaba a regalarme un pase, como le llamaban, le llaman. Pero al cabo del primer año, ya no pedía “tantito”, sino que comencé a pedir, en el mayor de los cinismos: “un gramo para mi solito, que me dure toda la semana”. Eso me duraba un gramo. Una semana.
Los primeros dos años: un gramo por semana. Pero el consumo era diario, diario, diario el jaloncito de droga, y en esos dos años, créanme, se fue formando en mi cabeza la idea de que en verdad me sentía bien, y del “quiero probar para que no me cuenten” pasé al “la necesito”.
Todo ese mundo formado en mi cabeza, con mis argumentos, con mi hábito: sistemáticamente, cada noche, antes de acostarme, un jaloncito. Un hábito. Y por eso digo, sin que mi verdad sea una verdad absoluta, que conste, que ésta no es una enfermedad, aunque se molesten quienes se molesten, aunque digan los oceánicos que sí lo es, aunque digan los bettyfordcenterianos que sí lo es, y aunque los “doblea” también lo digan, yo insistiré: es un hábito, destructivo, sí, muy destructivo, pero no enfermedad. Pude comprobar que el consumo se incrementó, que de un gramo semanal pasé al gramo cada tres días, y de éste al gramo diario, y luego a los dos gramos diarios… y al final: diez me parecían pocos para un día… Sí, a ese extremo llegué: diez gramos diarios.
Me han preguntado cómo lo dejé, que diga cómo le hice. Sinceramente les repito: rompiendo hábitos, rompiendo las estructuras mentales que me había formado y que eran repetitivas, cíclicas, pero que iban incrementando la dosis, porque ante el ataque del veneno, el cuerpo se hizo inmune, y se fue acostumbrando, acostumbrando.
No fue de un día para otro, debo admitirlo. Hubo recaídas, cierto. Pero éstas se dieron en la conciencia de que la estaba regando, y de que ya no quería vivir así.
Lo he dicho y lo repetiré: aceptación, asumir responsabilidades, y corregirlas.
Eso, tan simple, tan infinitamente sencillo, me abrió la puerta de esta cárcel que yo mismo me formé, y que comenzó con un razonamiento estúpido y muy común: probarla, para que nadie me cuente.
Hoy, afortunadamente, yo puedo contarlo porque aprendí a quererme, porque aprendí a respetarme, porque aprendí a estar conmigo, a no temerme, a no sentirme solo.
Ocho años libre de esta adicción me avalan.
Y me avalan igual los trece años que estuve consumiendo droga. Claro. Trece años se dice fácil, pero son muchos años de estar mal, como para no haber aprendido de ellos, como para creer tirar esa experiencia por la borda.
Trece años, varios kilos de droga, mucho dinero tirado, muchas ilusiones muertas, muchas esperanzas rotas…
Trece años de insistir en un hábito: todas las noches, sólo en las noches. Nunca en el día, nunca con gente. Siempre solo, siempre en las noches, esas noches que hora veo lejanas, que me parecen eternas, mirando al cielorraso de mi cuarto, el cuarto de un hotel, acaso una ventana, como un zombie, como un muerto: preguntándome, cada una de esas noches:
¿Qué hago aquí?

Historia de una adicción 1

Generalmente, uno comienza a drogarse por inseguridad y por estupidez; vaya, uno sabe perfectamente, se tengan 10, se tengan 15, se tengan 30 años, que fumar, que beber, que drogarse son actos insanos, dañinos, pero ahí vamos, intentando ser aceptados, intentando entrar en círculos de amistades, en círculos sociales, y cuando menos nos damos cuenta, el círculo se convirtió en una espiral descendente en la que uno cae, cae, cae, cae irremediablemente.
Este noviembre cumplo 8 años de haber salido del mundo de las drogas donde, en serio, caí muy feo, muy terrible, y es ésta experiencia de haber iniciado, de haber caído y de haber salido la que me permite comenzar este proyecto de columna que lo único que intentará es dejar testimonio para que, en el caso, alguno o muchos, miles, millones, puedan verse reflejados y sepan que sí existen salidas, que sí es posible rescatarnos y que siempre, siempre podemos volver a empezar.
¿Cómo comienza uno a drogarse?
No sé, y asumo que cada historia es distinta y que en esta diferencia, hay coincidencias que nos identifican y por eso estoy aquí, para decirle al mundo de adictos que existe en éste y en muchos países: se puede, salir; se debe salir.
Y aclaro: no se necesita ni ser valiente para reconocer la estupidez. Y el que consume droga, que me perdonen, no puede ser llamado de otra forma: es un imbécil, un estúpido, un inmaduro. Punto.
Reconocerse es asumirse, asumirse nos responsabiliza de nuestros actos y, al ser responsables, comenzamos a ser libres.
En 1989, a mis 24 años, consumí por primera vez cocaína y, debo admitirlo: sentí, efectivamente, que me refrescaba, que ante la apremiante carga de trabajo era como un respiro de oxígeno, como si hubiera descansado por varias horas… Esa fue la única ocasión en que sentí eso; nunca, N-U-N-C-A más volví a sentirla. La segunda, la tercera, la cuarta… 13 años más tarde siempre me sentí igual: mal y hasta creí que no podía dejar de hacerlo.
Cada inhalada era un pase seguro a la intranquilidad, al nerviosismo, a la ansiedad, a la aprehensión, a la paranoia. Sentía, desde la segunda vez y hasta la última, hace casi 8 años, que todos me veían, que todos me escuchaban, que todo me delataba, que todo se me caía.
Y, créanme, no es nada agradable. Del por qué insiste uno en consumir algo que no me hace sentir bien y, además de todo eso, me provoca malestar, ya hablaremos. Sucede igual con el alcohol: no sabe bien, no es agradable. Es una mentira que nos hemos dicho y nos la hemos creído. La neta, la neta, el cigarro, el alcohol y las drogas no saben bien, no hacen sentir bien. Pero tenemos tanta necesidad de sentirnos mal…
Era 1989. Ah, qué jovencito, qué enjundia… qué imbécil era.
Jefe de prensa de Salma Hayek y de Lucía Méndez, reportero de El Heraldo de México, atleta amateur que corría diez kilómetros diarios y hacía una hora de aeróbicos, y con todo y eso, comenzaba a destruirme, a perderme, a espantarme de lo que estaba construyendo.
Una noche, le dije, fue un jalón, como le dicen. Y al día siguiente fue otro, por la tarde, en la redacción.
Estaba cansado, o pretendía estarlo para tener el pretexto de pedirle al “amigo” que me había iniciado que “se mochara” con un jaloncito más. Y una vez más en el baño, el autoengaño: respirar, jalar hasta que duela, hasta que corte, hasta que sangre.
Pero, lo juro, la segunda vez no fue tan “maravillosa” como la primera. La segunda vez me hizo sentir mal, muy mal: sudor incontrolable, dilatación excesiva de mis pupilas, nerviosismo, ansiedad… Salí del baño hecho un pendejo con la quijada trabada, que no quería que nadie me hablara, que no quería ni contestar el teléfono ni voltear a ver a nadie, ni hacer nada que no fuera meterme en mi terminal de computadora y escribir, escribir, escribir para que nadie se acercara a platicar.
Me sudaba la frente, sentía una sed inmensa, imparable… Quería que alguien me ayudara, y fui tan perfectamente estúpido que recurrí al mismo amigo, quien de inmediato sugirió: córtala con un trago.
Y sí, este tarado fue a la cantina de la esquina y comenzó a entender la trilogía del hábito: cocaína, alcohol, tabaco.
Y durante muchos años este trío apareció en mi vida como algo indisoluble, como eso: un hábito perfectamente aprendido, perfectamente ejecutado. Como el perrito de Pablov: me tocaban la campanita del polvo, y mi mente asociaba: alcohol, tabaco.
Pero, debo confesarlo, esto apenas lo entendí hace 8 años: descifrar la estructura del hábito, que es lo que rompe madres en uno mismo: el hábito como un báculo innecesario que volvemos necesario, como ese muñeco de peluche que necesitamos para dormir, y que conforme crecemos se convierte en pijama favorita, en el vasito de leche, en el cigarrito para el baño, en la revista para evacuar, en la novia que sufrimos pero no dejamos… En todo aquello que sirve de pretexto para hacer o dejar de hacer lo que en verdad debemos hacer para lograr el único cometido verdaderamente inherente a la naturaleza humana: vivir, disfrutar este regalo que es la vida.
En 1989 yo era un triunfador: tenía siete trabajos alternos, terminaba mi carrera universitaria, ganaba buena lana y, cómo no iba a triunfar si ya hasta había entrado al entonces cerrado círculo de consumidores de cocaína.
Dígame si me equivoco: el consumidor es un imbécil, un estúpido que puede encontrar los pretextos que quiera con tal de entender y justificar su adicción.
No es un enfermo, no. La estupidez y la inmadurez no necesitan medicinas ni terapias.
Necesitan de madurez para evolucionar, para conocerse, reconocerse, asumirse, y liberarse.
Éste es el inicio de una historia que duró 13 años y que hoy espero le sirva a alguien para saber que se vale cagarla, pero que es obligación imperdonable no limpiarla.

Historia de una adicción 1


Generalmente, uno comienza a drogarse por inseguridad y por estupidez; vaya, uno sabe perfectamente, se tengan 10, se tengan 15, se tengan 30 años, que fumar, que beber, que drogarse son actos insanos, dañinos, pero ahí vamos, intentando ser aceptados, intentando entrar en círculos de amistades, en círculos sociales, y cuando menos nos damos cuenta, el círculo se convirtió en una espiral descendente en la que uno cae, cae, cae, cae irremediablemente.
Este noviembre cumplo 8 años de haber salido del mundo de las drogas donde, en serio, caí muy feo, muy terrible, y es ésta experiencia de haber iniciado, de haber caído y de haber salido la que me permite comenzar este proyecto de columna que lo único que intentará es dejar testimonio para que, en el caso, alguno o muchos, miles, millones, puedan verse reflejados y sepan que sí existen salidas, que sí es posible rescatarnos y que siempre, siempre podemos volver a empezar.
¿Cómo comienza uno a drogarse?
No sé, y asumo que cada historia es distinta y que en esta diferencia, hay coincidencias que nos identifican y por eso estoy aquí, para decirle al mundo de adictos que existe en éste y en muchos países: se puede, salir; se debe salir.
Y aclaro: no se necesita ni ser valiente para reconocer la estupidez. Y el que consume droga, que me perdonen, no puede ser llamado de otra forma: es un imbécil, un estúpido, un inmaduro. Punto.
Reconocerse es asumirse, asumirse nos responsabiliza de nuestros actos y, al ser responsables, comenzamos a ser libres.
En 1989, a mis 24 años, consumí por primera vez cocaína y, debo admitirlo: sentí, efectivamente, que me refrescaba, que ante la apremiante carga de trabajo era como un respiro de oxígeno, como si hubiera descansado por varias horas… Esa fue la única ocasión en que sentí eso; nunca,  N-U-N-C-A más volví a sentirla. La segunda, la tercera, la cuarta… 13 años más tarde siempre me sentí igual: mal y hasta creí que no podía dejar de hacerlo.
Cada inhalada era un pase seguro a la intranquilidad, al nerviosismo, a la ansiedad, a la aprehensión, a la paranoia. Sentía, desde la segunda vez y hasta la última, hace casi 8 años, que todos me veían, que todos me escuchaban, que todo me delataba, que todo se me caía.
Y, créanme, no es nada agradable. Del por qué insiste uno en consumir algo que no me hace sentir bien y, además de todo eso, me provoca malestar, ya hablaremos. Sucede igual con el alcohol: no sabe bien, no es agradable. Es una mentira que nos hemos dicho y nos la hemos creído. La neta, la neta, el cigarro, el alcohol y las drogas no saben bien, no hacen sentir bien. Pero tenemos tanta necesidad de sentirnos mal…
Era 1989. Ah, qué jovencito, qué enjundia… qué imbécil era.
Jefe de prensa de Salma Hayek y de Lucía Méndez, reportero de El Heraldo de México, atleta amateur que corría diez kilómetros diarios y hacía una hora de aeróbicos, y con todo y eso, comenzaba a destruirme, a perderme, a espantarme de lo que estaba construyendo.
Una noche, le dije, fue un jalón, como le dicen. Y al día siguiente fue otro, por la tarde, en la redacción.
Estaba cansado, o pretendía estarlo para tener el pretexto de pedirle al “amigo” que me había iniciado que “se mochara” con un jaloncito más. Y una vez más en el baño, el autoengaño: respirar, jalar hasta que duela, hasta que corte, hasta que sangre.
Pero, lo juro, la segunda vez no fue tan “maravillosa” como la primera. La segunda vez me hizo sentir mal, muy mal: sudor incontrolable, dilatación excesiva de mis pupilas, nerviosismo, ansiedad… Salí del baño hecho un pendejo con la quijada trabada, que no quería que nadie me hablara, que no quería ni contestar el teléfono ni voltear a ver a nadie, ni hacer nada que no fuera meterme en mi terminal de computadora y escribir, escribir, escribir para que nadie se acercara a platicar.
Me sudaba la frente, sentía una sed inmensa, imparable… Quería que alguien me ayudara, y fui tan perfectamente estúpido que recurrí al mismo amigo, quien de inmediato sugirió: córtala  con un trago.
Y sí, este tarado fue a la cantina de la esquina y comenzó a entender la trilogía del hábito: cocaína, alcohol, tabaco.
Y durante muchos años este trío apareció en mi vida como algo indisoluble, como eso: un hábito perfectamente aprendido, perfectamente ejecutado. Como el perrito de Pablov: me tocaban la campanita del polvo, y mi mente asociaba: alcohol, tabaco.
Pero, debo confesarlo, esto apenas lo entendí hace 8 años: descifrar la estructura del hábito, que es lo que rompe madres en uno mismo: el hábito como un báculo innecesario que volvemos necesario, como ese muñeco de peluche que necesitamos para dormir, y que conforme crecemos se convierte en pijama favorita, en el vasito de leche, en el cigarrito para el baño, en la revista para evacuar, en la novia que sufrimos pero no dejamos… En todo aquello que sirve de pretexto para hacer o dejar de hacer lo que en verdad debemos hacer para lograr el único cometido verdaderamente inherente a la naturaleza humana: vivir, disfrutar este regalo que es la vida.
En 1989 yo era un triunfador: tenía siete trabajos alternos, terminaba mi carrera universitaria, ganaba buena lana y, cómo no iba a triunfar si ya hasta había entrado al entonces cerrado círculo de consumidores de cocaína.
Dígame si me equivoco: el consumidor es un imbécil, un estúpido que puede encontrar los pretextos que quiera con tal de entender y justificar su adicción.
No es un enfermo, no. La estupidez y la inmadurez no necesitan medicinas ni terapias.
Necesitan de madurez para evolucionar, para conocerse, reconocerse, asumirse, y liberarse.
Éste es el inicio de una historia que duró 13 años y que hoy espero le sirva a alguien para saber que se vale cagarla, pero que es obligación imperdonable no limpiarla.

Mi historia con las drogas

Hace 8 años y medio algo maravilloso ocurrió en mi vida: morí (suena raro; se lee más raro aún; conjugación correcta, supongo), es decir, dejé de ser el que era para renacer de mis cenizas (en verdad, de otros polvos), y erigirme en el Yo que soy, mejor ser humano, al menos para mi.
Hace 8 años y medio superé una adicción a las drogas que me tuvo muy mal durante 13 largos años.
Aquí encontrarán la historia completita de tanto dolor, de tanto daño, de tanto sufrimiento y de tanta dicha que resultó al salir de esa dependencia.
Se las comparto, por si a alguno le interesa.

Por fin: mi Blog!!

Hola!
Luego de varios años de escuchar y escuchar, leer y más leer blogs, por fin me animé a crear el propio; al igual que una personita que me animó a hacerlo, me di cuenta que desde hace muchos, muchos años, he sido un contador y escritor de historias; algunas, propias; las más, ajenas, dada mi profesión: periodista de espectáculos.
Sin embargo, sin soberbia ni falsa vanidad, creo que en la mía hay material para darle rienda suelta a ese autor que todos llevamos dentro.
Fanático de las redes sociales, de pronto me doy cuenta que, de haber posteado tooodos mis tweets y tooooodos mis Muros de Facebook, y toooooodos los mensajes de chat en messenger, tendrá ya varias historias qué contar a quien se anime a darse una vuelta por estos lados (virtuales, claro).
Tras el prólogo, me presento:
Soy un hombre de 44 años; enamorado de la vida; aprendiz de la misma, y en el camino de construirme un mejor yo del que fui ayer, del que he sido siempre.
En el camino de estos 44 pasos, he crecido, he corrido, he caído, me he levantado, me he vuelto a caer, y así mi andar, puedo decir sin temor a equivocarme que me encuentro en el mejor momento de mi existencia: soy un profesional independiente, que trabajo 24/7 el periodismo de espectáculos (campo de juego en el que llevo 23 años, recién cumplidos), a veces desde la trinchera misma del reportero, a veces (las más), dese la trinchera de las Relaciones Públicas en Medios (trabajo con diversas celebridades de la farándula mexicana e internacional; ay, sí!).
En lo personal, me gusta decirlo así: soy un sobreviviente de mí mismo: 13 años de drogadicción que han quedado en el pasado (limpiecito desde hace 8 años y medio), y actualmente estoy "reseteando" otros hábitos compulsivos que me dañaban: la comida (de diciembre 25 a la fecha he bajado 12 kilos, yeah!), el cigarro y los refrescos.
Y hay más: desde hace dos años (también recién cumplidos), soy papá soltero de una adolescente que me ha regalado las mejores horas del mundo; su risa, su llanto, sus experiencias, sus tropiezos, sus avances, me llenan la vida y me hacen entender ese que yo llamo el amor más auténtico del mundo: el que se tiene por los hijos, con el único interés de por medio, que es Su felicidad, Su crecimiento sano. Como se entiende, ésta es una tarea de cada segundo, de cada minuto, y no espero diplomas ni aplausos de ella ni de nadie; sólo espero hacerlo lo mejor que pueda.
Por si fuera poco, a estas alturas del partido (já, no me gusta esa frase, pero la uso muy seguido), la vida me premia con el amor de una pareja, de una mujer extraordinaria que me ha hecho volar apenas con sólo mirarla. Un día contaré aquí tan maravillosa historia. Gracias, tú, por estar en mi vida y transformarla en lienzo colorido. Te amo Infinitamente.
Como pueden ver, tengo todo lo que necesito para seguir caminando, para seguir en este viaje maravilloso que es la vida misma y en el que he aprendido que:
1.- Amar y querer son dos verbos que no significan nada si no hay una acción que los confirme.
2.- Que la felicidad radica en disfrutar el camino, sin pensar en la meta porque, tarde o temprano, siempre se llega.
3.- Que quien dijo que somos hechos A Imagen y semejanza, no se equivocó. Somos dioses, pero no nos hemos dado cuenta.
4.- Que amar a dios por sobre todas las cosas es amarme a mí, también por sobre todas las cosas.
5.- Que dios es chido, ergo…
En fin, espero que quien se anime a leer este blog encuentre en este breve espacio en el que aún no están, historias, reflexiones, anécdotas, diversión y entretenimiento; si logro atrapar su atención, provocarles una risa, una sonrisa, una lágrima o una reflexión, habrá valido enormemente la pena ser Otro más que muerde el blog.

Por fin! Mi Blog!!!!!

Hola!
Luego de varios años de escuchar y escuchar, leer y más leer blogs, por fin me animé a crear el propio; al igual que una personita que me animó a hacerlo, me di cuenta que desde hace muchos, muchos años, he sido un contador y escritor de historias; algunas, propias; las más, ajenas, dada mi profesión: periodista de espectáculos.
Sin embargo, sin soberbia ni falsa vanidad, creo que en la mía hay material para darle rienda suelta a ese autor que todos llevamos dentro.
Fanático de las redes sociales, de pronto me doy cuenta que, de haber posteado tooodos mis tweets y tooooodos mis Muros de Facebook, y toooooodos los mensajes de chat en messenger, tendrá ya varias historias qué contar a quien se anime a darse una vuelta por estos lados (virtuales, claro).
Tras el prólogo, me presento:
Soy un hombre de 44 años; enamorado de la vida; aprendiz de la misma, y en el camino de construirme un mejor yo del que fui ayer, del que he sido siempre.
En el camino de estos 44 pasos, he crecido, he corrido, he caído, me he levantado, me he vuelto a caer, y así mi andar, puedo decir sin temor a equivocarme que me encuentro en el mejor momento de mi existencia: soy un profesional independiente, que trabajo 24/7 el periodismo de espectáculos (campo de juego en el que llevo 23 años, recién cumplidos), a veces desde la trinchera misma del reportero, a veces (las más), dese la trinchera de las Relaciones Públicas en Medios (trabajo con diversas celebridades de la farándula mexicana e internacional; ay, sí!).
En lo personal, me gusta decirlo así: soy un sobreviviente de mí mismo: 13 años de drogadicción que han quedado en el pasado (limpiecito desde hace 8 años y medio), y actualmente estoy "reseteando" otros hábitos compulsivos que me dañaban: la comida (de diciembre 25 a la fecha he bajado 12 kilos, yeah!), el cigarro y los refrescos.
Y hay más: desde hace dos años (también recién cumplidos), soy papá soltero de una adolescente que me ha regalado las mejores horas del mundo; su risa, su llanto, sus experiencias, sus tropiezos, sus avances, me llenan la vida y me hacen entender ese que yo llamo el amor más auténtico del mundo: el que se tiene por los hijos, con el único interés de por medio, que es Su felicidad, Su crecimiento sano. Como se entiende, ésta es una tarea de cada segundo, de cada minuto, y no espero diplomas ni aplausos de ella ni de nadie; sólo espero hacerlo lo mejor que pueda.
Por si fuera poco, a estas alturas del partido (já, no me gusta esa frase, pero la uso muy seguido), la vida me premia con el amor de una pareja, de una mujer extraordinaria que me ha hecho volar apenas con sólo mirarla. Un día contaré aquí tan maravillosa historia. Gracias, tú, por estar en mi vida y transformarla en lienzo colorido. Te amo Infinitamente.
Como pueden ver, tengo todo lo que necesito para seguir caminando, para seguir en este viaje maravilloso que es la vida misma y en el que he aprendido que:
1.- Amar y querer son dos verbos que no significan nada si no hay una acción que los confirme.

2.- Que la felicidad radica en disfrutar el camino, sin pensar en la meta porque, tarde o temprano, siempre se llega.

3.- Que quien dijo que somos hechos A Imagen y semejanza, no se equivocó. Somos dioses, pero no nos hemos dado cuenta.

4.- Que amar a dios por sobre todas las cosas es amarme a mí, también por sobre todas las cosas.

5.- Que dios es chido, ergo…

En fin, espero que quien se anime a leer este blog encuentre en este breve espacio en el que aún no están, historias, reflexiones, anécdotas, diversión y entretenimiento; si logro atrapar su atención, provocarles una risa, una sonrisa, una lágrima o una reflexión, habrá valido enormemente la pena ser Otro más que muerde el blog.