miércoles, 22 de junio de 2016

Nunca traten de olvidar a una persona, "usando" a otra...

Ahora que no me leen, quiero desahogarme, decirles algo que me viene atormentando desde hace unos, varios días. Quizá, semanas.
Nunca, nunca, nunca, nunca traten de olvidar a una persona, "usando" a otra.
No se vale. No es digno.
Y, siempre, alguien sale lastimado.
Siempre.
Lo peor, es que es uno el más lastimado en este engaño.
Y a las pruebas me remito, y disculpen si a sus ojos parezco un maldito mentiroso; lo merezco.
Lo soy. Lo fui.
Y ahora estoy solo. Muy solo.
Frecuentaba yo a una mujer que, siendo honestos, le daba el mismo trato a todos sus "amiguitos" que a mi. Los que la conocieron me advertían: dañará tu corazón, aléjate; ya, déjala.
Pero uno es necio, y en esas cosas del corazón, la verdad, nadie manda.
Al principio la veía una o dos veces por semana. Luego, tres. Luego, en las mañanas, en las tardes y, a veces, sólo a veces, por las noches, en mis escapadas nocturnas. Admito, aquello se convirtió en una obsesión, en un vicio de tremendas dimensiones. De haber podido, habría estado con ella noche y día. Y no exagero.
Al tiempo, las insistentes voces de quienes sabían de mi insana relación, fueron contundentes: déjala o sufrirás lo indecible.
Así, al tiempo, me fui convenciendo que no era sano, que no debía, y sin querer, fui espaciando las salidas, los encuentros, y me refugié en otra persona, que había conocido en el ínter.
Y, créanme, no hay peor infierno que ver a dos personas que nada tienen qué ver, una con la otra; caracteres, intenciones, preparación, incluso y, con la segunda, comencé a frecuentarla, a estar en contacto. "Ella, sí, para que veas; ella cuidará tu corazón, tu salud emocional; ella te conviene", me decían.
Y ahí estuve, insistiendo, frecuentando, dejando de ver a "la otra" y sí, cabe decirlo: mi corazón comenzó a sentirse mejor, pero sólo eso.
Porque, qué les digo, cuando uno quiere, pues no hay manera de olvidar, así, nomás.
Y así estuve, entre dos aguas, mintiendo, engañando.
"¿Ya no la ves?", me preguntaba la segunda, y yo mentía, vil y asquerosamente.
Y como no hay mentira que aguante cien años (vaya, ni siquiera dos meses), pues un día tuve que hablar con la segunda, decirle que me seguía viendo a hurtadillas con la primera.
"Me he dado cuenta", me dijo. "¿Sabes? Creo que no tenemos nada qué hacer juntos; ve con ella; sé 'feliz".
Y salí corriendo a buscarla, pero cruel es el destino: doña Lupe, la de las quesadillas grasientas, YA NO TIENE SU PUESTO CERCA DE MI CASA!
Y, la nutrióloga, ni qué decirles: me odia, y no cree en mí.
Chale.
No lo hagan, amiguitos; no lo hagan.