A mis 45 años: 45 trazos, 45 trozos de mi existencia.
Acabo de cumplir 45 años; caray, miro hacia atrás y veo que la vida se me fue volando, y veo también que, al paso del tiempo, he encontrado la manera de que los juegos y los sueños sigan apareciendo en este espacio que habito. Así, la vida para mí siempre ha sido un juego; en ocasiones más divertido que otras, pero un juego en el que, si no me divierto, dejo de entender a qué diablos vine a este mundo.
Éste es el que soy, o lo que soy: un hombre de mediana edad (nunca he entendido si mediana se refiere a que estoy a la mitad de los años que viviré, o mediana del promedio de edad de la población) que apenas comienza a vivir porque al tiempo, he entendido que el pasado es como una especie de laboratorio, de experimento en el que fui descubriendo qué sí y qué no para mi vida.
Digamos, pues, que a mi edad, sé perfectamente lo que quiero y lo que no quiero para mí y para quienes amo, que son quienes comparten mi vida.
Llegar a los 45 años, con la experiencia de vida que traigo a cuestas, me hace irremediablemente pensar en que no puedo arrojar piedras, que no estoy libre de pecado, que he vivido, pues. Así, en estas reflexiones que suele hacerse uno al llegar a cierto ciclo, pienso puntualmente en ciertos momentos de mi existencia:
1.- Nacer. No tengo memoria de eso, pero debo haber llorado infinitamente, porque a la fecha sigo siendo chillón por todo y con todo.
2.- Los primeros años: una vecindad en la colonia Doctores, cuando un juguete, por simple que fuera, llenaba las horas. Una posada navideña, de esas muy populares, y la música de La Sonora Santanera, el olor de la parafina quemada, el olor de las frutas de la piñata, el olor del ponche, y las risas y bailes de los vecinos.
3.- Mis idas a la tiendita de al lado: compraba unos chicles que traían envoltura de papel, y luego de abrirlo, pasabas un cerillo por detrás y aparecía, misteriosamente, un mensaje, o los otros dulces: unas pastillas envueltas en celofán rojo, que colocabas sobre la parte posterior de la envoltura de papel, y aparecía un dibujo. El maldito gato del tendero, que siempre, siempre, me sacaba un susto. Las Coca-colas de mi papá “bien frías”, decía él.
4.- Mi llegada a Villa Coapa, a los 2 años y medio: un pollo rostizado en el jardín, y unas Barritas de fresa, que traían una hélice-rehilete para jugar; horas y horas arrojando el juguetito. Y la perspectiva de una nueva y mejor vida.
5.- A los 3 años, perderme en Cuemanco, con Beto, Neto y mi hermana Gabriela; fuimos a recolectar renacuajos, y no supimos regresar. La cagotiza de mi mamá cuando nos encontró.
6.- Los juegos infantiles: trepar árboles, saltar de edificios, quemar macetones, hacer fogatas en el jardín, jugar quemados, bote pateado, escondidillas, coleadas y demás que dejaron raspones y varios, muchos sustos a mis padres.
7.- En ese anhelo de “crecer”, de ser “grande” y, en aras de, cometer pendejadas más graves: a los 10 años, la vecinita, de 15; lo menos, diré, que aprendí también a fumar, aunque en ese entonces no se hizo vicio… El cigarro; ella, sí.
8.- Cambiar de amigos, dejar los juegos, los juguetes; la infancia, un amigo que se fue…
9.- La llegada de la adolescencia, la escuela Secundaria y esa cosa de sentirme importante porque a mis 12 años, iba y venía solo a una distancia considerable; tomaba el Metro y un camión para llegar a mi casa. Jorge Luis, Luis Alejandro, Francisco Hugo… mis primeros mejores-mejores amigos, la maestra de español y la poesía como un gran regalo de esa materia.
10.- La decisión de estudiar la preparatoria Agrícola, en la Universidad Autónoma de Chapingo: sí, quise ser Ingeniero Agrónomo Forestal, y ahí sí, la independencia a los 15 años: vivir solo, becado, y mantenerme yo con mis recursos.
11.- Echarme para atrás en la decisión anterior, y saber que el apoyo de mi papá fue definitivo: encuentra lo que más te apasione; no pierdes un año, ganas una experiencia; sabiduría que intento aplicar con mi hija.
12.- Regresar de Chapingo con 20 kilos de más. Entrar a la Prepa y, OMG! Descubrir que las compañeritas despertaban sueños e inspiraban al poeta de cajita de cereal.
13.- Cursar la Preparatoria, y enfrentarme al primer gran reto de mi vida: bajar 30 kilos, dejar de comer en exceso, hacer ejercicio, y lograr tal meta en 6 meses. Orgulloso de mí mismo.
14.- Enfrentar el miedo de “declararme” a la primera novia: pelirroja, pecosa, pecosa, pecosa ella. 5 años de mi vida, creyendo que eso era lo que esperaba…
15.- A mis 16 años, mi primer trabajo oficial: “jefe de piso en Sears”, trabajo eventual, pero trabajo; desde entonces cotizo al IMSS.
15.- La Universidad, mis gloriosos 18 años y el mundo, un bocado para ser tragado sin masticar. Las fiestas, los bailes; las primeras borracheras, y la primera gran responsabilidad:
16.- Escuchar el diagnóstico del médico: cáncer. MI padre. Un dolor que a nadie le deseo. Y entrarle a la chamba en forma, a los 20 años, para mantenerme la carrera y aprender a trabajar en serio, por si acaso había que apoyar a la familia.
17.- Salir de ésa y entrarle al baile y a la fiesta, al ligue por el ligue y sentirme que, en verdad, el mar era poco para hacer un buche.
18.- Llegar, por causalidad o por casualidad, a la redacción de un periódico que ya ni existe: EL Heraldo de México, y sentir, así de golpe y porrazo, que ahí era donde quería pasar el resto de mi vida: haciendo periodismo de espectáculos.
19.- Mis primeras entrevistas, un jovencito lleno de adrenalina, de miedo, de emoción, y darme cuenta que en la Universidad nada había aprendido acerca de este oficio que elegí de profesión. Recuerdo que mi primera entrevista fue tirada a la basura, por mala, mala, mala…
20.- Pasar 8 meses en un trabajo en el que no me pagaban, pero yo quería aprender y, al tiempo, demostré y me demostré que había elegido bien. La entrevista con una de mis tantas tías que me adoptaron: Kitty de Hoyos, por ella tuve mi primer sueldo de periodista.
21.- Ir a los cientos de cocteles y presentaciones de discos, premieres de cine, estrenos de teatro y conciertos, como el nuevo de la fiesta.
22.- Mi primer viaje en avión: San Luis Potosí, y mi primer viaje internacional: Anaheim, Dinsey World, y yo, con tanta hambre y, el mundo, tan chiquito!
23.- Mi primera columna a los 23 años, y mis primeros trabajos fuera de la redacción: ser jefe de prensa de Lucía Méndez y de Salma Hayek, a’i nomás!
24.- Crecer dentro y fuera de la redacción: Arturo y Raúl Velasco, amigos y padrinos, me impulsaron a brincar una cerca.
25.- Ser el primer jefe de prensa de OCESA y chutarme, de a gratis y cerquititita, los primeros conciertos de Billy Joel, al tiempo que me nombraban el jefe de prensa del Primer Festival Acapulco.
26.- Gozar de tanto trabajo y reconocimiento, y meterme por primera vez un “pase” de cocaína, pensando que salvaba la historia, la mía, sin darme cuenta que comenzaba a caer, a caer, a caer muy profundo.
27.- Nueva York, la ciudad donde quisiera vivir; Paulina Rubio y la lambada en una discoteca neoyorkina; el caviar, la champaña y una limousina, el Waldorf y la que creía era mi vida. Una noche de locura y de locuras.
28.- La muerte de mi jefe y el inmediato nombramiento: editor de la Sección de Espectáculos de El Heraldo de México.
29.- Nombres, nombres, nombres; personas cercanas de las que sólo recuerdo los buenos momentos, las noches locas y los sueños rotos.
30.- Mi primer viaje a Europa: Monte Carlo, en el grupo de invitados especiales de Luis Miguel. Un trompo a la uña.
31.- Mi nombramiento como Jefe de Prensa de Televisa: la tablita pa’l mareo y el desequilibro.
32.- Casarme, sin estar enamorado, sin estar ilusionado; descalabros que creía habían roto la ilusión y la esperanza, la certeza de que nunca encontraría una pareja, me hicieron tomar decisiones raras, extrañas, absurdas, por las cuales sigo pagando y aprendiendo.
33.- El nacimiento de mi hija; una noche de locura en mi consumo de sustancias; una noche en que pude haberme reconciliado con la vida; esa noche… ah, qué noche! Y ella, tan pequeñita, tan frágil y tan fuerte, mirándome a través de un grueso cristal. Apenas susurré la palabra y ella abrió los ojos. Desde antes, desde siempre, supe que tendría una conexión especial con Ximena; Ana Ximena, así, completo. Y, al poco tiempo, un gran dolor y la primera gran ausencia: la partida de mi padre, que aún lloro sin que nadie me vea.
34.- El divorcio, la ruptura y el abandono absoluto a merced de la droga. Me recuerdo tirado en mi cama, con la nariz sangrando, con mi cabeza a punto de explotar y con una sola idea: escapar de mi mismo.
35.- Noches de insomnio y soledad de mi mismo; ausencia de razón y entendimiento; gritos de dolor, ayes lastimeros que herían la piel y las entrañas. Cuánto dolor, cuánto sufrimiento, y yo, sin encontrar salida a nada.
36.- La llamada de un amigo y la puerta abierta a la salvación: Leonardo Stemberg y su maravilloso curso de Contranalisis. Mi regreso a una buena chamba y mi última frontera, mi primera y última batalla contra la droga.
37.- El recuerdo triste de mis noches empolvadas, y las ganas conscientes de salirme de esa prisión que yo mismo había forjado. El triunfador aquel no era ya ni sombra de lo que había construido en tantos años. Apenas el recuerdo de un yo que fui, y ya no era.
38.- Mis 4 años en Contranalisis, gozoso de ver a tantos y a tantos abandonar dolencias, vicios, malestares. Aprenderle al barbón amigo tanto y tanto. Resolver mi vida en 9 meses, como si hubiera muerto, como si hubiera vuelto a nacer. Volví a nacer, de hecho. Y nacer tuerto, y durar así 5 años.
39.- Regresar a mi oficio, apoyado por una amiga que admiro y quiero: Flor Rubio, quien me dejó entrar a La Oreja: otra vez, la aventura de la entrevista, el reportaje y la nota que todos comentaban.
40.- Rescatar a una niña, mi hija, pelear por ella, emprender una ardua batalla hasta lograr el cometido: ser papá soltero de mi adorable Ximena; ésta, la más grande aventura jamás contada. Y recuperar la vista, recuperar el ojo izquierdo. Dos milagros en un año, y mirar al cielo para agradecer a dios por tanto y tanto.
41.- Salir de La Oreja e irme a El centro, el periodismo que me gusta hacer: de investigación, serio, profundo, y sí, mi experiencia, mis conocimientos y mis contactos me valieron grandes notas, grandes reportajes que causaron escándalo en el medio. Tanto, que una de mis entrevistas fue causa o motivo para que Televisa vetara al diario y a mí me corrieran junto con el director Miguel Castillo.
42.- Aprender a caminar solo, una vez más, en una alternativa de mi oficio: hacer RP de celebridades, y así, asociarme con un amigo para crear una agencia.
43.- Vivir solos mi hija y yo; nuestra primera noche en nuestra casa, una fiesta de almohadazos, de risas, de pizzas y buenos recuerdos.
44.- A 9 años de haberme sanado, encontrar al amor de mi vida; una mirada que cautiva, una sonrisa que ilumina y unos labios que me hacen volar. Sentir que la vida es una gran oportunidad y que nunca, nunca sabrás las sorpresas que te depara. Lo he dicho una y mil veces: fue mirarla y comprender que siempre la busqué sin saberlo, pero que en esa mirada quería vivir el resto de mis días.
45.- Este momento aún no se escribe, aún no se vive, aunque está planeado y contemplado. Faltan apenas unas cuantas horas para iniciar una de las etapas más intensas, importantes y emotivas de toda mi vida.
Esto soy, esto he sido; apenas pinceladas de recuerdos, en tonos grises y pasteles, a veces en vivos y espectaculares brochazos de impresionismo; a veces, el realismo rebasado y otras, apenas trazos y trozos de vida.
Estos trazos, estos trozos no son todos los que forman mí existencia, pero quizá sean los más significativos, los que quiero recordar, los que quiero que se recuerden si a alguien le interesa.
Hoy, ya tengo 45 años. Vamos por más. Celebremos la vida, ¡hagamos del día a día una fiesta!
Relatos breves (a veces)de alguien que, confiesa, también ha vivido, ha muerto y ha vuelto a nacer en múltiples ocasiones. Un Fénix que resurge constantemente de sus cenizas.
martes, 13 de julio de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
A mis 44 años...
No, definitivamente no estoy viejo; soy un hombre maduro, lo que los gringos llaman middle-age-man, jajaja.
Pues a mi edad, y luego de haber atravesado por ciertas circunstancias que, ya habrán leído algunos, puedo decir con certeza y apego a mi realidad: soy un hombre feliz.
Y aclaro, para quienes piensen que miento: entiendo la felicidad como esa capacidad de disfrutar el momento, el hoy, el ahora, sin pensar mucho en el ayer (acaso como un marco de referencia para evitar caer en los mismos errores), sin pensar mucho en el mañana (¿quién asegura que llegará?).
Me gusta pensar que soy el león de los documentales de Animal Planet: no hubo presa, no llevó de comer a sus leoncitos ni a su leona, pero ellos juegan sin importarles mucho el asunto; la leona no se la arma de pedo al león, y el león, que sabe que tiene qué hacer el día de mañana (si llega, aunque no se angustia por ello), se sienta plácido a mirar el ocaso y se lame y se relame sin mayor complicación.
Así me gusta ver la vida: hacer lo que tengo que hacer para seguir avanzando, para seguir viviendo, sin que en ello me vaya la vida, y disfrutando el camino más que la meta.
Y así, a mis 44 años, me despierto un día con una alegre sorpresa: he encontrado el amor de una mujer maravillosa por la cual siento que soy capaz de darle la vuelta al mundo si fuera preciso; que no me pide nada a cambio, y que en cambio, me da todo lo bueno que es y que tiene para dar.
Y sí, a mis 44 me siento como adolescente, escribiendo, hablando, yendo, viniendo, volando, flotando, viajando en una nube maravillosa de emociones, de sensaciones, de un algo maravilloso que no termino de descifrar.
Ya, en serio, tengo todo lo que necesito en mi equipaje para continuar caminando:
1.- Herramientas y pasión por la cacería de mi presa (me gusta, amo mi chamba, pues), y no me quejo, vivo de lo que hago y vivo bien.
2.- Tengo salud.
3.- Tengo la maravillosa experiencia de ser papá soltero de una hija adolescente y, por si fuera poco:
4.- El amor de una mujer adorable, hermosa.
Tengo o no motivos para decir que soy feliz. No necesito más.
Y que todo esto llegue a esta edad, lo hace más formidable aún: antes no estaba preparado para gozar de estas cosas. Así que dios, en su infinita sabiduría y generosidad, me ha dado esta segunda gran oportunidad de vida justo en el momento en que sabría aprovecharla.
Y yo, sigo caminando.
Pues a mi edad, y luego de haber atravesado por ciertas circunstancias que, ya habrán leído algunos, puedo decir con certeza y apego a mi realidad: soy un hombre feliz.
Y aclaro, para quienes piensen que miento: entiendo la felicidad como esa capacidad de disfrutar el momento, el hoy, el ahora, sin pensar mucho en el ayer (acaso como un marco de referencia para evitar caer en los mismos errores), sin pensar mucho en el mañana (¿quién asegura que llegará?).
Me gusta pensar que soy el león de los documentales de Animal Planet: no hubo presa, no llevó de comer a sus leoncitos ni a su leona, pero ellos juegan sin importarles mucho el asunto; la leona no se la arma de pedo al león, y el león, que sabe que tiene qué hacer el día de mañana (si llega, aunque no se angustia por ello), se sienta plácido a mirar el ocaso y se lame y se relame sin mayor complicación.
Así me gusta ver la vida: hacer lo que tengo que hacer para seguir avanzando, para seguir viviendo, sin que en ello me vaya la vida, y disfrutando el camino más que la meta.
Y así, a mis 44 años, me despierto un día con una alegre sorpresa: he encontrado el amor de una mujer maravillosa por la cual siento que soy capaz de darle la vuelta al mundo si fuera preciso; que no me pide nada a cambio, y que en cambio, me da todo lo bueno que es y que tiene para dar.
Y sí, a mis 44 me siento como adolescente, escribiendo, hablando, yendo, viniendo, volando, flotando, viajando en una nube maravillosa de emociones, de sensaciones, de un algo maravilloso que no termino de descifrar.
Ya, en serio, tengo todo lo que necesito en mi equipaje para continuar caminando:
1.- Herramientas y pasión por la cacería de mi presa (me gusta, amo mi chamba, pues), y no me quejo, vivo de lo que hago y vivo bien.
2.- Tengo salud.
3.- Tengo la maravillosa experiencia de ser papá soltero de una hija adolescente y, por si fuera poco:
4.- El amor de una mujer adorable, hermosa.
Tengo o no motivos para decir que soy feliz. No necesito más.
Y que todo esto llegue a esta edad, lo hace más formidable aún: antes no estaba preparado para gozar de estas cosas. Así que dios, en su infinita sabiduría y generosidad, me ha dado esta segunda gran oportunidad de vida justo en el momento en que sabría aprovecharla.
Y yo, sigo caminando.
Cómo y por qué comencé a drogarme...
Generalmente, uno comienza a drogarse por inseguridad y por estupidez; vaya, uno sabe perfectamente, se tengan 10, se tengan 15, se tengan 30 años, que fumar, que beber, que drogarse son actos insanos, dañinos, pero ahí vamos, intentando ser aceptados, intentando entrar en círculos de amistades, en círculos sociales, y cuando menos nos damos cuenta, el círculo se convirtió en una espiral descendente en la que uno cae, cae, cae, cae irremediablemente.
Este noviembre cumplo 8 años de haber salido del mundo de las drogas donde, en serio, caí muy feo, muy terrible, y es ésta experiencia de haber iniciado, de haber caído y de haber salido la que me permite comenzar este proyecto de columna que lo único que intentará es dejar testimonio para que, en el caso, alguno o muchos, miles, millones, puedan verse reflejados y sepan que sí existen salidas, que sí es posible rescatarnos y que siempre, siempre podemos volver a empezar.
¿Cómo comienza uno a drogarse?
No sé, y asumo que cada historia es distinta y que en esta diferencia, hay coincidencias que nos identifican y por eso estoy aquí, para decirle al mundo de adictos que existe en éste y en muchos países: se puede, salir; se debe salir.
Y aclaro: no se necesita ni ser valiente para reconocer la estupidez. Y el que consume droga, que me perdonen, no puede ser llamado de otra forma: es un imbécil, un estúpido, un inmaduro. Punto.
Reconocerse es asumirse, asumirse nos responsabiliza de nuestros actos y, al ser responsables, comenzamos a ser libres.
En 1989, a mis 24 años, consumí por primera vez cocaína y, debo admitirlo: sentí, efectivamente, que me refrescaba, que ante la apremiante carga de trabajo era como un respiro de oxígeno, como si hubiera descansado por varias horas… Esa fue la única ocasión en que sentí eso; nunca, N-U-N-C-A más volví a sentirla. La segunda, la tercera, la cuarta… 13 años más tarde siempre me sentí igual: mal y hasta creí que no podía dejar de hacerlo.
Cada inhalada era un pase seguro a la intranquilidad, al nerviosismo, a la ansiedad, a la aprehensión, a la paranoia. Sentía, desde la segunda vez y hasta la última, hace casi 8 años, que todos me veían, que todos me escuchaban, que todo me delataba, que todo se me caía.
Y, créanme, no es nada agradable. Del por qué insiste uno en consumir algo que no me hace sentir bien y, además de todo eso, me provoca malestar, ya hablaremos. Sucede igual con el alcohol: no sabe bien, no es agradable. Es una mentira que nos hemos dicho y nos la hemos creído. La neta, la neta, el cigarro, el alcohol y las drogas no saben bien, no hacen sentir bien. Pero tenemos tanta necesidad de sentirnos mal…
Era 1989. Ah, qué jovencito, qué enjundia… qué imbécil era.
Jefe de prensa de Salma Hayek y de Lucía Méndez, reportero de El Heraldo de México, atleta amateur que corría diez kilómetros diarios y hacía una hora de aeróbicos, y con todo y eso, comenzaba a destruirme, a perderme, a espantarme de lo que estaba construyendo.
Una noche, le dije, fue un jalón, como le dicen. Y al día siguiente fue otro, por la tarde, en la redacción.
Estaba cansado, o pretendía estarlo para tener el pretexto de pedirle al “amigo” que me había iniciado que “se mochara” con un jaloncito más. Y una vez más en el baño, el autoengaño: respirar, jalar hasta que duela, hasta que corte, hasta que sangre.
Pero, lo juro, la segunda vez no fue tan “maravillosa” como la primera. La segunda vez me hizo sentir mal, muy mal: sudor incontrolable, dilatación excesiva de mis pupilas, nerviosismo, ansiedad… Salí del baño hecho un pendejo con la quijada trabada, que no quería que nadie me hablara, que no quería ni contestar el teléfono ni voltear a ver a nadie, ni hacer nada que no fuera meterme en mi terminal de computadora y escribir, escribir, escribir para que nadie se acercara a platicar.
Me sudaba la frente, sentía una sed inmensa, imparable… Quería que alguien me ayudara, y fui tan perfectamente estúpido que recurrí al mismo amigo, quien de inmediato sugirió: córtala con un trago.
Y sí, este tarado fue a la cantina de la esquina y comenzó a entender la trilogía del hábito: cocaína, alcohol, tabaco.
Y durante muchos años este trío apareció en mi vida como algo indisoluble, como eso: un hábito perfectamente aprendido, perfectamente ejecutado. Como el perrito de Pablov: me tocaban la campanita del polvo, y mi mente asociaba: alcohol, tabaco.
Pero, debo confesarlo, esto apenas lo entendí hace 8 años: descifrar la estructura del hábito, que es lo que rompe madres en uno mismo: el hábito como un báculo innecesario que volvemos necesario, como ese muñeco de peluche que necesitamos para dormir, y que conforme crecemos se convierte en pijama favorita, en el vasito de leche, en el cigarrito para el baño, en la revista para evacuar, en la novia que sufrimos pero no dejamos… En todo aquello que sirve de pretexto para hacer o dejar de hacer lo que en verdad debemos hacer para lograr el único cometido verdaderamente inherente a la naturaleza humana: vivir, disfrutar este regalo que es la vida.
En 1989 yo era un triunfador: tenía siete trabajos alternos, terminaba mi carrera universitaria, ganaba buena lana y, cómo no iba a triunfar si ya hasta había entrado al entonces cerrado círculo de consumidores de cocaína.
Dígame si me equivoco: el consumidor es un imbécil, un estúpido que puede encontrar los pretextos que quiera con tal de entender y justificar su adicción.
No es un enfermo, no. La estupidez y la inmadurez no necesitan medicinas ni terapias.
Necesitan de madurez para evolucionar, para conocerse, reconocerse, asumirse, y liberarse.
Éste es el inicio de una historia que duró 13 años y que hoy espero le sirva a alguien para saber que se vale cagarla, pero que es obligación imperdonable no limpiarla.
Este noviembre cumplo 8 años de haber salido del mundo de las drogas donde, en serio, caí muy feo, muy terrible, y es ésta experiencia de haber iniciado, de haber caído y de haber salido la que me permite comenzar este proyecto de columna que lo único que intentará es dejar testimonio para que, en el caso, alguno o muchos, miles, millones, puedan verse reflejados y sepan que sí existen salidas, que sí es posible rescatarnos y que siempre, siempre podemos volver a empezar.
¿Cómo comienza uno a drogarse?
No sé, y asumo que cada historia es distinta y que en esta diferencia, hay coincidencias que nos identifican y por eso estoy aquí, para decirle al mundo de adictos que existe en éste y en muchos países: se puede, salir; se debe salir.
Y aclaro: no se necesita ni ser valiente para reconocer la estupidez. Y el que consume droga, que me perdonen, no puede ser llamado de otra forma: es un imbécil, un estúpido, un inmaduro. Punto.
Reconocerse es asumirse, asumirse nos responsabiliza de nuestros actos y, al ser responsables, comenzamos a ser libres.
En 1989, a mis 24 años, consumí por primera vez cocaína y, debo admitirlo: sentí, efectivamente, que me refrescaba, que ante la apremiante carga de trabajo era como un respiro de oxígeno, como si hubiera descansado por varias horas… Esa fue la única ocasión en que sentí eso; nunca, N-U-N-C-A más volví a sentirla. La segunda, la tercera, la cuarta… 13 años más tarde siempre me sentí igual: mal y hasta creí que no podía dejar de hacerlo.
Cada inhalada era un pase seguro a la intranquilidad, al nerviosismo, a la ansiedad, a la aprehensión, a la paranoia. Sentía, desde la segunda vez y hasta la última, hace casi 8 años, que todos me veían, que todos me escuchaban, que todo me delataba, que todo se me caía.
Y, créanme, no es nada agradable. Del por qué insiste uno en consumir algo que no me hace sentir bien y, además de todo eso, me provoca malestar, ya hablaremos. Sucede igual con el alcohol: no sabe bien, no es agradable. Es una mentira que nos hemos dicho y nos la hemos creído. La neta, la neta, el cigarro, el alcohol y las drogas no saben bien, no hacen sentir bien. Pero tenemos tanta necesidad de sentirnos mal…
Era 1989. Ah, qué jovencito, qué enjundia… qué imbécil era.
Jefe de prensa de Salma Hayek y de Lucía Méndez, reportero de El Heraldo de México, atleta amateur que corría diez kilómetros diarios y hacía una hora de aeróbicos, y con todo y eso, comenzaba a destruirme, a perderme, a espantarme de lo que estaba construyendo.
Una noche, le dije, fue un jalón, como le dicen. Y al día siguiente fue otro, por la tarde, en la redacción.
Estaba cansado, o pretendía estarlo para tener el pretexto de pedirle al “amigo” que me había iniciado que “se mochara” con un jaloncito más. Y una vez más en el baño, el autoengaño: respirar, jalar hasta que duela, hasta que corte, hasta que sangre.
Pero, lo juro, la segunda vez no fue tan “maravillosa” como la primera. La segunda vez me hizo sentir mal, muy mal: sudor incontrolable, dilatación excesiva de mis pupilas, nerviosismo, ansiedad… Salí del baño hecho un pendejo con la quijada trabada, que no quería que nadie me hablara, que no quería ni contestar el teléfono ni voltear a ver a nadie, ni hacer nada que no fuera meterme en mi terminal de computadora y escribir, escribir, escribir para que nadie se acercara a platicar.
Me sudaba la frente, sentía una sed inmensa, imparable… Quería que alguien me ayudara, y fui tan perfectamente estúpido que recurrí al mismo amigo, quien de inmediato sugirió: córtala con un trago.
Y sí, este tarado fue a la cantina de la esquina y comenzó a entender la trilogía del hábito: cocaína, alcohol, tabaco.
Y durante muchos años este trío apareció en mi vida como algo indisoluble, como eso: un hábito perfectamente aprendido, perfectamente ejecutado. Como el perrito de Pablov: me tocaban la campanita del polvo, y mi mente asociaba: alcohol, tabaco.
Pero, debo confesarlo, esto apenas lo entendí hace 8 años: descifrar la estructura del hábito, que es lo que rompe madres en uno mismo: el hábito como un báculo innecesario que volvemos necesario, como ese muñeco de peluche que necesitamos para dormir, y que conforme crecemos se convierte en pijama favorita, en el vasito de leche, en el cigarrito para el baño, en la revista para evacuar, en la novia que sufrimos pero no dejamos… En todo aquello que sirve de pretexto para hacer o dejar de hacer lo que en verdad debemos hacer para lograr el único cometido verdaderamente inherente a la naturaleza humana: vivir, disfrutar este regalo que es la vida.
En 1989 yo era un triunfador: tenía siete trabajos alternos, terminaba mi carrera universitaria, ganaba buena lana y, cómo no iba a triunfar si ya hasta había entrado al entonces cerrado círculo de consumidores de cocaína.
Dígame si me equivoco: el consumidor es un imbécil, un estúpido que puede encontrar los pretextos que quiera con tal de entender y justificar su adicción.
No es un enfermo, no. La estupidez y la inmadurez no necesitan medicinas ni terapias.
Necesitan de madurez para evolucionar, para conocerse, reconocerse, asumirse, y liberarse.
Éste es el inicio de una historia que duró 13 años y que hoy espero le sirva a alguien para saber que se vale cagarla, pero que es obligación imperdonable no limpiarla.
Me han preguntado si sigo consumiendo droga...
Me han preguntado si sigo consumiendo droga. La respuesta es no. Hace dos años y tres-cuatro meses que no la consumo.
Me han preguntado si sufro. No, no sufro.
Me han preguntado si ya encontré trabajo. Sí, desde hace dos meses me reincorporé a una empresa que quiero, que respeto: Televisa, y estoy como reportero de espectáculos en La Oreja y en Con todo. Felizmente lo digo: amo esta chamba.
Y quizá usted pensará, al igual que mi familia, lo mismo que mis amistades cercanas: ¿otra vez a lo mismo? ¿Al mismo ambiente? Y, debo decirlo, si alguien de mis afectos cercanos se angustia, es bronca de él, de ella, de quienes teman que yo recaiga.
Y no es que me importe poco, pero si se preocupan, es cosa de ellos, no mía. Yo tengo claro qué quiero y qué no quiero. Y tengo claro que no quiero convencer a nadie: yo lo estoy y eso me basta.
Sí, porque, a diferencia de lo que se pudiera creer, pensar, deducir, inferir… el medio artístico es igual que todos los demás medios: compuesto por personas con debilidades, con virtudes, fortalezas, vicios.. Es decir, es lo mismo que en todos lados: hay seres humanos, punto.
Y yo soy uno de ellos.
Y soy uno que no quiere estar mal, uno que no quiere meterse de nuevo al infierno de las drogas, a ese abismo lento y prolongado en el que uno va cayendo como en una pesadilla.
Mis pasos son los que me trajeron hasta este punto en el que puedo decidir, yo y nadie más que yo: qué es lo correcto en mi vida. Lo correcto para mí, lo correcto para mi persona, para mi salud, para mi tranquilidad, mi equilibrio, mi espiritualidad…
Y sinceramente le cuento que en verdad no pienso en el medio como lo pintan: lleno de vicios privados y virtudes públicas. Eso, no nos escondamos en esa careta de suedo moralina: eso se ve en todos lados, a todas horas…
Vengo a descubrir que el medio no es el que nos hace o nos forma en una actitud, sino que es la actitud con la que ingresemos a ese medio el que nos salv o nos hunde. Otra vez: que uno forja su destino, hoy, mañana, siempre.
Y porque, sinceramente, en mis andanzas por la vida trabajé en un lugar donde se impartían cursos de superación personal y ahí el gerente me regaló droga, el dueño tenía sus verdades a medias y sus lados oscuros, muy oscuros, y hasta algunos de sus colaboradores eran declarados consumidores de lo mismo: droga…
Ni viene al caso contar de quién hablo. Pero eso me dio la pauta de que uno no debe prejuzgar al medio, ni a la persona. Y me enseñó que cuando uno en verdad asume qué es lo que quiere hacer en la vida, y hacerlo por el resto de su vida, no habrá ventisca ni infierno que puedan tirar por la borda ese grandioso placer de hacer lo que uno quiere. Sea lo que sea.
Hoy, por eso, con la humildad del que ya sabe que no es más que nadie, que sabe que tampoco es menos que nadie, que simplemente es distinto en la forma y a veces en el fondo, regreso al medio que amo, que respeto, que conozco: el medio artístico de este país, que está lleno de gente igual que uno, on miedos, con inseguridades, que se disfrazan de frivolidad, a veces, de triunfo y gloria, otras, pero gente que en el fondo quiere hacer lo que todos queremos hacer: desempeñarnos en lo que nos mueve, en lo que no apasiona, en lo que nos hace sentir vivos.
Agradezco hoy a quienes m han escrito tantas y tantas cartas electrónicas: un abrazo a todos por las palabras de aliento, un beso a todos por los buenos deseos, y mi mano a quienes han entendió que uno puede pisar el infierno y salir de él, mi mano a los que crean que la vida es un regalo que se disfruta, no que se sufre.
Las cifras que informan sobre el incremento en el consumo de drogas no me hacen más que pensar en algo: hemos formado huestes de consumidores que están ansiosos por partirse la cara porque no les hemos enseñado a disfrutar la vida, porque les hemos impuesto reglas y normas que ni siquiera nosotros mismos somos consecuentes. Incongruencias entre lo que decimos y lo que hacemos, entre lo que pedimos y lo que damos.
No culpo a nadie, en serio. Cada uno controla sus pies, y sus pasos los llevarán a donde quieran.
¿Los míos? Los míos me están llevando a donde quiero: a ese placer de vivir en la li8bertad de elegir qué es lo que quiero vivir.
Y hoy quiero vivir de nuevo en el medio artístico, vivir como reportero de estos dos programas de televisión que se ven en México y Estados Unidos y América Latina.
Ya no tengo miedo, ya no tengo angustias.
Y hoy disfruto todo como pocos: si hay sol, si hay lluvia, si tengo hambre, si tengo sueño, si me enojo, si sonrío, y en mi cabeza pasan todos los pensamientos posibles día a día. El único que h desechado es el de una vida para sufrirla.
Ya no. Nunca más.
Se puede ser libre, muy libre. Sólo necesitas quitarte el miedo de serlo. Pero, de verdad, créeme, se puede.
NOTA DEL AUTOR: ésta entrega fue elaborada hace cerca de 6 años.
Me han preguntado si sufro. No, no sufro.
Me han preguntado si ya encontré trabajo. Sí, desde hace dos meses me reincorporé a una empresa que quiero, que respeto: Televisa, y estoy como reportero de espectáculos en La Oreja y en Con todo. Felizmente lo digo: amo esta chamba.
Y quizá usted pensará, al igual que mi familia, lo mismo que mis amistades cercanas: ¿otra vez a lo mismo? ¿Al mismo ambiente? Y, debo decirlo, si alguien de mis afectos cercanos se angustia, es bronca de él, de ella, de quienes teman que yo recaiga.
Y no es que me importe poco, pero si se preocupan, es cosa de ellos, no mía. Yo tengo claro qué quiero y qué no quiero. Y tengo claro que no quiero convencer a nadie: yo lo estoy y eso me basta.
Sí, porque, a diferencia de lo que se pudiera creer, pensar, deducir, inferir… el medio artístico es igual que todos los demás medios: compuesto por personas con debilidades, con virtudes, fortalezas, vicios.. Es decir, es lo mismo que en todos lados: hay seres humanos, punto.
Y yo soy uno de ellos.
Y soy uno que no quiere estar mal, uno que no quiere meterse de nuevo al infierno de las drogas, a ese abismo lento y prolongado en el que uno va cayendo como en una pesadilla.
Mis pasos son los que me trajeron hasta este punto en el que puedo decidir, yo y nadie más que yo: qué es lo correcto en mi vida. Lo correcto para mí, lo correcto para mi persona, para mi salud, para mi tranquilidad, mi equilibrio, mi espiritualidad…
Y sinceramente le cuento que en verdad no pienso en el medio como lo pintan: lleno de vicios privados y virtudes públicas. Eso, no nos escondamos en esa careta de suedo moralina: eso se ve en todos lados, a todas horas…
Vengo a descubrir que el medio no es el que nos hace o nos forma en una actitud, sino que es la actitud con la que ingresemos a ese medio el que nos salv o nos hunde. Otra vez: que uno forja su destino, hoy, mañana, siempre.
Y porque, sinceramente, en mis andanzas por la vida trabajé en un lugar donde se impartían cursos de superación personal y ahí el gerente me regaló droga, el dueño tenía sus verdades a medias y sus lados oscuros, muy oscuros, y hasta algunos de sus colaboradores eran declarados consumidores de lo mismo: droga…
Ni viene al caso contar de quién hablo. Pero eso me dio la pauta de que uno no debe prejuzgar al medio, ni a la persona. Y me enseñó que cuando uno en verdad asume qué es lo que quiere hacer en la vida, y hacerlo por el resto de su vida, no habrá ventisca ni infierno que puedan tirar por la borda ese grandioso placer de hacer lo que uno quiere. Sea lo que sea.
Hoy, por eso, con la humildad del que ya sabe que no es más que nadie, que sabe que tampoco es menos que nadie, que simplemente es distinto en la forma y a veces en el fondo, regreso al medio que amo, que respeto, que conozco: el medio artístico de este país, que está lleno de gente igual que uno, on miedos, con inseguridades, que se disfrazan de frivolidad, a veces, de triunfo y gloria, otras, pero gente que en el fondo quiere hacer lo que todos queremos hacer: desempeñarnos en lo que nos mueve, en lo que no apasiona, en lo que nos hace sentir vivos.
Agradezco hoy a quienes m han escrito tantas y tantas cartas electrónicas: un abrazo a todos por las palabras de aliento, un beso a todos por los buenos deseos, y mi mano a quienes han entendió que uno puede pisar el infierno y salir de él, mi mano a los que crean que la vida es un regalo que se disfruta, no que se sufre.
Las cifras que informan sobre el incremento en el consumo de drogas no me hacen más que pensar en algo: hemos formado huestes de consumidores que están ansiosos por partirse la cara porque no les hemos enseñado a disfrutar la vida, porque les hemos impuesto reglas y normas que ni siquiera nosotros mismos somos consecuentes. Incongruencias entre lo que decimos y lo que hacemos, entre lo que pedimos y lo que damos.
No culpo a nadie, en serio. Cada uno controla sus pies, y sus pasos los llevarán a donde quieran.
¿Los míos? Los míos me están llevando a donde quiero: a ese placer de vivir en la li8bertad de elegir qué es lo que quiero vivir.
Y hoy quiero vivir de nuevo en el medio artístico, vivir como reportero de estos dos programas de televisión que se ven en México y Estados Unidos y América Latina.
Ya no tengo miedo, ya no tengo angustias.
Y hoy disfruto todo como pocos: si hay sol, si hay lluvia, si tengo hambre, si tengo sueño, si me enojo, si sonrío, y en mi cabeza pasan todos los pensamientos posibles día a día. El único que h desechado es el de una vida para sufrirla.
Ya no. Nunca más.
Se puede ser libre, muy libre. Sólo necesitas quitarte el miedo de serlo. Pero, de verdad, créeme, se puede.
NOTA DEL AUTOR: ésta entrega fue elaborada hace cerca de 6 años.
Mi jefe metió su nariz en una montaña de cocaína
Sólo había visto la cocaína en una película, y una de mis favoritas de todos los tiempos: Scarface (Caracortada, con Al Pacino) y hoy nadie puede negar que, de alguna manera, es una película aspiracional (en todos sentidos, jaja), pero ése no es el asunto que me remite a hablar de ello, no.
El asunto es que, de verdad, sabía muy poco de la cocaína, y apenas mi única referencia era esa película; sabía que era una droga, pero no sabía los efectos que causaba su consumo.
Así, al llegar a mis 23 años, más o menos, he contado, y gracias a mi actividad profesional, comencé a tener un mundo social que me era ajeno: comidas, cenas de trabajo que fueron la puerta abierta a que yo comenzara a consumir, primero, alcohol y, luego, droga.
Cauteloso, digamos, poco a poco fui consumiendo alcohol porque, de alguna manera, no era mal visto y hasta era casi obligado el vino en una comida, el aperitivo, el digestivo y esas costumbres que algunos no sabemos controlar. Alcoholismo social, le llaman, pero alcoholismo, de alguna manera.
Pues en mi historia profesional comenzó a correr el alcohol, las cenas, los trabajos, comencé a llenarme de ocupaciones y compromisos hasta que un día, una madrugada, quedé dormido en una oficina con unos amigos que seguían la fiesta si aparentes consecuencias.
Cuando abrí los ojos, en un escritorio había un montón de cocaína, y cuando digo montón, digo: mucha, demasiada cocaína. Unos 300 gramos, me imagino, y todos, absolutamente todos, hacían líneas en un vidrio y las inhalaban como si cualquiera la cosa y yo, confieso, me espanté. Ebrio aún, me invitaron a consumir, y pregunté que qué me pasaría.
“Nada, sólo se te va a cortar la borrachera y vas a sentirte como si nada”, me dijeron.
Yo, la verdad, me fui, pero a partir de ese momento uno de esos amigos, que era en turno mi jefe de trabajo, comenzó a insistir, a insistir, a insistir en que yo probara la droga, y tantas veces e ofreció en eventos, tantas veces me resistí. No quería siquiera probarla, no quería siquiera investigar qué ocurriría. Y cada vez que él me insistía, yo lo veía, lo recordaba sentado en su oficina inhalando de aquel montículo de droga, donde al final hizo su chiste muy de película: metió la nariz y la cara como Al Pacino en Caracortada, y luego de quedar “polveado”, soltó una carcajada que aún recuerdo y siento escalofrío.
Así, al paso del tiempo, yo asocié alcohol con cocaína, y pensaba que, si hasta el momento no había requerido su consumo, así me quedaría, pero no fue así.
Al tiempo no me explicaba yo porque mi jefe y ese grupo de amigos siempre, siempre estaban en la fiesta; yo, aún estudiante de universidad, corredor de 10 kilómetros diarios, no precisaba de eso, y cuando me iba de fiesta con ellos, al día siguiente yo preciaba de dormir, de descansar, mientras que ellos, al poco rato, ya estaban metidos en otra comida, en otra cena, en puro desmadre.
Pasaron los meses, dejaron de insistirme en que consumiera droga, y yo me fui llenando de trabajos alternos, de actividades profesionales y personales que me fueron alejando de la fiesta, pero llegó el momento en que de tanto insistir, mi jefe me convenció.
Tenía yo 7-8 trabajos, además del fijo; seguía yo en la escuela y mi cansancio cada vez era más notorio; había bajado de peso, no dormía bien, y el cansancio un día me llevó a dar al doctor, quien me dijo que le bajara a tanta actividad, pero no, no le hice caso.
Un día en que llegaba yo de un viaje internacional, fui al periódico donde comencé mi carrera profesional, y mi estado era deplorable: me veía verde, amarillento; agotado, cansado, y mi jefe me dijo, una vez más: “toma, date un pasón, y verás que te sentirás bien”. Me convencí que si eso me quitaría el cansancio, lo intentaría, y lo hice.
Y sí, el cansancio se fue como por arte de magia; pero el efecto, aparentemente noble, fue el primer paso para una autodestrucción que duró 13 años porque, a partir de ahí, durante 13 años consumí droga todos los días, hasta caer en un estado deplorable en serio en donde, estúpidamente, yo quería terminar como mi jefe y como el personaje de Al Pacino, metiendo mi nariz y mi cara en un montículo de mierda.
.
El asunto es que, de verdad, sabía muy poco de la cocaína, y apenas mi única referencia era esa película; sabía que era una droga, pero no sabía los efectos que causaba su consumo.
Así, al llegar a mis 23 años, más o menos, he contado, y gracias a mi actividad profesional, comencé a tener un mundo social que me era ajeno: comidas, cenas de trabajo que fueron la puerta abierta a que yo comenzara a consumir, primero, alcohol y, luego, droga.
Cauteloso, digamos, poco a poco fui consumiendo alcohol porque, de alguna manera, no era mal visto y hasta era casi obligado el vino en una comida, el aperitivo, el digestivo y esas costumbres que algunos no sabemos controlar. Alcoholismo social, le llaman, pero alcoholismo, de alguna manera.
Pues en mi historia profesional comenzó a correr el alcohol, las cenas, los trabajos, comencé a llenarme de ocupaciones y compromisos hasta que un día, una madrugada, quedé dormido en una oficina con unos amigos que seguían la fiesta si aparentes consecuencias.
Cuando abrí los ojos, en un escritorio había un montón de cocaína, y cuando digo montón, digo: mucha, demasiada cocaína. Unos 300 gramos, me imagino, y todos, absolutamente todos, hacían líneas en un vidrio y las inhalaban como si cualquiera la cosa y yo, confieso, me espanté. Ebrio aún, me invitaron a consumir, y pregunté que qué me pasaría.
“Nada, sólo se te va a cortar la borrachera y vas a sentirte como si nada”, me dijeron.
Yo, la verdad, me fui, pero a partir de ese momento uno de esos amigos, que era en turno mi jefe de trabajo, comenzó a insistir, a insistir, a insistir en que yo probara la droga, y tantas veces e ofreció en eventos, tantas veces me resistí. No quería siquiera probarla, no quería siquiera investigar qué ocurriría. Y cada vez que él me insistía, yo lo veía, lo recordaba sentado en su oficina inhalando de aquel montículo de droga, donde al final hizo su chiste muy de película: metió la nariz y la cara como Al Pacino en Caracortada, y luego de quedar “polveado”, soltó una carcajada que aún recuerdo y siento escalofrío.
Así, al paso del tiempo, yo asocié alcohol con cocaína, y pensaba que, si hasta el momento no había requerido su consumo, así me quedaría, pero no fue así.
Al tiempo no me explicaba yo porque mi jefe y ese grupo de amigos siempre, siempre estaban en la fiesta; yo, aún estudiante de universidad, corredor de 10 kilómetros diarios, no precisaba de eso, y cuando me iba de fiesta con ellos, al día siguiente yo preciaba de dormir, de descansar, mientras que ellos, al poco rato, ya estaban metidos en otra comida, en otra cena, en puro desmadre.
Pasaron los meses, dejaron de insistirme en que consumiera droga, y yo me fui llenando de trabajos alternos, de actividades profesionales y personales que me fueron alejando de la fiesta, pero llegó el momento en que de tanto insistir, mi jefe me convenció.
Tenía yo 7-8 trabajos, además del fijo; seguía yo en la escuela y mi cansancio cada vez era más notorio; había bajado de peso, no dormía bien, y el cansancio un día me llevó a dar al doctor, quien me dijo que le bajara a tanta actividad, pero no, no le hice caso.
Un día en que llegaba yo de un viaje internacional, fui al periódico donde comencé mi carrera profesional, y mi estado era deplorable: me veía verde, amarillento; agotado, cansado, y mi jefe me dijo, una vez más: “toma, date un pasón, y verás que te sentirás bien”. Me convencí que si eso me quitaría el cansancio, lo intentaría, y lo hice.
Y sí, el cansancio se fue como por arte de magia; pero el efecto, aparentemente noble, fue el primer paso para una autodestrucción que duró 13 años porque, a partir de ahí, durante 13 años consumí droga todos los días, hasta caer en un estado deplorable en serio en donde, estúpidamente, yo quería terminar como mi jefe y como el personaje de Al Pacino, metiendo mi nariz y mi cara en un montículo de mierda.
.
Cuando mi ex esposa descubrió los sobres de cocaína
A estas alturas, sobra decir que estoy divorciado, que mi matrimonio duró escasos dos años y medio y que hubo razones de sobra para que así sucediera.
Cuando la madre de mi hija y yo convenimos casarnos, traté de ser lo más honesto posible; ya saben: decirle todo sobre mi, cualidades, defectos… Traté de ser sincero, pero no pude decirle que consumía drogas. Sabía, por obvio, que de inmediato me dejaría y, en el mejor de los casos, trataría de ayudarme. Pero no, no pude decirlo y así enganché su vida a la mía, aún sabiendo que mi drogadicción nos causaría tremendo daño.
Y no, de novios no pudo darse cuenta porque mi adicción, como todo hábito, tenía tiempos y espacios: sólo en las noches; sólo al llegar a casa; ése era el ritmo de mi adicción.
Y como todo lo que se construye mal, los problemas surgieron casi un mes antes de la boda. Yo, muerto de miedo de saber que no me casaba enamorado; ella, supongo, reaccionando a mis arranques, a mis enojos, reviraba y comenzamos a pelear.
A una semana de casarnos, la madre de mi ex esposa me habló por teléfono y me invitó a que abandonáramos esa historia. “Víctor –me dijo-, yo sé que no quieres a mi hija; algo me lo dice, por favor: ¡no te cases con ella! No hay problema, yo te pago lo que has gastado y, de verdad, no hay problema; no cometas una locura”, insistió.
Al escucharla, sentí que una puerta se abría, que había una forma de escapar, de huir de aquello de lo que yo mismo no estaba convencido, pero no, no lo hice y, a la semana, me casé.
Pensaba, sinceramente lo digo, que al casarme encontraría una especia de “freno”, que iría dejando la droga poco a poco, que construiría un hogar y no, pues no fue así.
Desde la luna de miel, como desde siempre, la droga estuvo presente, y ella no entendía cómo era que yo dormía poco en la noche y en el día me caía de sueño, y así, al regresar a nuestra casa, las cosas continuaron en ese tenor: mal, muy mal.
Según yo, para que ella no se diera cuenta del “levantón” que presentaba al llegar a casa, pues comencé a beber en las noches, y no poco, no: por lo menos un cuarto de litro de ron, de whisky, de lo que fuera para tratar de no ser tan notorio en mi consumo. Qué idiota era: lo único que hice fue hacerlo evidente.
Y así transcurrieron 4 meses cuando, sin más ni más, mi ex esposa me dijo que quería hablar conmigo: había encontrado en el bote de la basura los papeles y los celofanes donde venía la droga (aunque ya me había preguntado insistente en por qué tenía que salir en las noches a ver una persona que llegaba a mi casa casi a la medianoche; situación para la que, según yo, siempre había encontrado pretextos que, obvio, nunca me creyeron).
Esa noche me sentí mal, muy mal: me habían quitado la máscara y no tenía ni para dónde moverme. NO había excusas y, lo peor, no había ganas de salir de esa mierda. Y entonces fue que argumenté que todo estaba bajo control, que no pasaba nada, que yo no había dejado de cumplir, que la necesitaba para poder estar activo más horas de las que suele estar la gente (como no nos iba mal de dinero, pues yo tenía varios trabajos) y una cantidad más de estupideces que ella, en su sana intención de construir un matrimonio, escuchó atenta, llorando amargamente, con la carita llena de miedo, de pena, de angustia y así, decidió quedarse a mi lado para intentar convencerme de que resolviera ese problema de la droga.
Esa noche, recuerdo, tiramos la droga que yo guardaba en mi portafolio, y dormimos, ya entrada la madrugada, esperando que a la mañana siguiente comenzara una nueva historia y no, no fue así: mis ganas de destruirme fueron mayores y continué drogándome, cada noche, mientras escuchaba el llanto casi silencioso de mi ex esposa quien, al poco tiempo, me anunció que estaba embarazada.
Cuando la madre de mi hija y yo convenimos casarnos, traté de ser lo más honesto posible; ya saben: decirle todo sobre mi, cualidades, defectos… Traté de ser sincero, pero no pude decirle que consumía drogas. Sabía, por obvio, que de inmediato me dejaría y, en el mejor de los casos, trataría de ayudarme. Pero no, no pude decirlo y así enganché su vida a la mía, aún sabiendo que mi drogadicción nos causaría tremendo daño.
Y no, de novios no pudo darse cuenta porque mi adicción, como todo hábito, tenía tiempos y espacios: sólo en las noches; sólo al llegar a casa; ése era el ritmo de mi adicción.
Y como todo lo que se construye mal, los problemas surgieron casi un mes antes de la boda. Yo, muerto de miedo de saber que no me casaba enamorado; ella, supongo, reaccionando a mis arranques, a mis enojos, reviraba y comenzamos a pelear.
A una semana de casarnos, la madre de mi ex esposa me habló por teléfono y me invitó a que abandonáramos esa historia. “Víctor –me dijo-, yo sé que no quieres a mi hija; algo me lo dice, por favor: ¡no te cases con ella! No hay problema, yo te pago lo que has gastado y, de verdad, no hay problema; no cometas una locura”, insistió.
Al escucharla, sentí que una puerta se abría, que había una forma de escapar, de huir de aquello de lo que yo mismo no estaba convencido, pero no, no lo hice y, a la semana, me casé.
Pensaba, sinceramente lo digo, que al casarme encontraría una especia de “freno”, que iría dejando la droga poco a poco, que construiría un hogar y no, pues no fue así.
Desde la luna de miel, como desde siempre, la droga estuvo presente, y ella no entendía cómo era que yo dormía poco en la noche y en el día me caía de sueño, y así, al regresar a nuestra casa, las cosas continuaron en ese tenor: mal, muy mal.
Según yo, para que ella no se diera cuenta del “levantón” que presentaba al llegar a casa, pues comencé a beber en las noches, y no poco, no: por lo menos un cuarto de litro de ron, de whisky, de lo que fuera para tratar de no ser tan notorio en mi consumo. Qué idiota era: lo único que hice fue hacerlo evidente.
Y así transcurrieron 4 meses cuando, sin más ni más, mi ex esposa me dijo que quería hablar conmigo: había encontrado en el bote de la basura los papeles y los celofanes donde venía la droga (aunque ya me había preguntado insistente en por qué tenía que salir en las noches a ver una persona que llegaba a mi casa casi a la medianoche; situación para la que, según yo, siempre había encontrado pretextos que, obvio, nunca me creyeron).
Esa noche me sentí mal, muy mal: me habían quitado la máscara y no tenía ni para dónde moverme. NO había excusas y, lo peor, no había ganas de salir de esa mierda. Y entonces fue que argumenté que todo estaba bajo control, que no pasaba nada, que yo no había dejado de cumplir, que la necesitaba para poder estar activo más horas de las que suele estar la gente (como no nos iba mal de dinero, pues yo tenía varios trabajos) y una cantidad más de estupideces que ella, en su sana intención de construir un matrimonio, escuchó atenta, llorando amargamente, con la carita llena de miedo, de pena, de angustia y así, decidió quedarse a mi lado para intentar convencerme de que resolviera ese problema de la droga.
Esa noche, recuerdo, tiramos la droga que yo guardaba en mi portafolio, y dormimos, ya entrada la madrugada, esperando que a la mañana siguiente comenzara una nueva historia y no, no fue así: mis ganas de destruirme fueron mayores y continué drogándome, cada noche, mientras escuchaba el llanto casi silencioso de mi ex esposa quien, al poco tiempo, me anunció que estaba embarazada.
La droga o cómo construirse una cruz de sufrimiento
Las diez de la noche de un día equis. Las equis horas de un día diez. Qué más da la precisión, la ubicación en eso que llamamos tiempo. ¡Cuánto tiempo perdí, ay, cuánto tiempo!
Noches enteras en vela, mirando al cielorraso de mi cuarto, el de un hotel, el que fuera. Apenas daban las diez, me urgía salir de donde fuera, de donde estuviera, para meterme en mi habitación, de soltero y la de casado también, para correr como imbécil al baño y abrir el sobre “mágico” que me llevaría al mundo de la estupidez, del abandono, de la enajenación, que es decir la negación de mi mismo y de todo lo que había construido.
Qué más da la precisión, la ubicación, si durante trece años fue el más completo estúpido, y recuerdo esas noches perfectamente: tirado en mi cama, solo, siempre solo, porque aunque estuviera acompañado, yo estaba solo, metido en mi droga, en mi mundo doloroso.
Pero ya no me duele, es más, me da risa. En serio, mucha risa.
¿Por qué?
Porque en un tiempo hasta llegué a creer que el sufrimiento era el paso necesario para llegar al gozo. Porque creí, en serio, lo juro, que había que llorar para saber reír. JA-JA-JA.
Y, la verdad, es una de esas tantas frases hechas que llegamos a tragarnos completitas y las hacemos propias y hasta las defendemos a ultranza.
Desde joven tuve inclinación por el dolor, por el sufrimiento, y crecí admirando a Marilyn Monroe, a Marlon Brando, a James Dean, a Neruda, a Oscar Wilde, y a tantos y tantos personajes atormentados y tormentosos. Creí que su dolor era el resultado de un proceso creativo que los impulsaba a generar, a crear, a ser. Y de ahí pasé a creer que yo tenía que vivir el drama, el sufrimiento como una manera de vida, como un modus vivendi que, incluso, me diera de comer y me permitiera llegar a ser tan famoso como aquellos que idolatraba.
(No es de risa, es en serio. Muy en serio. Y es importante para entender, luego, cómo pude salirme de esa mierda en la que vivía. Claro importante para el que quiera entender que salir de la droga –o de cualquier dependencia, emocional, física, moral…- no es un acto de valor ni de heroísmo, sino que es algo tan sencillo, pero ésta es harina de otro costal).
Porque hice de esa creencia un rezo, una plegaria: todos los días lo pensaba, todos los días lo analizaba con mi lógica y llegaba a esa conclusión: el sufrimiento era el camino.
Al llegar a los veinte años, y casi a punto de terminar mi carrera universitaria, casi a punto de iniciarme en los medios de comunicación, creí haber olvidado esa creencia. Sin embargo, el problema es que ya había metido esa información en mi cerebro y estaba sellada, así que justo seguí el camino que ya había trazado: comenzar a sufrir, a construirme una cruz enorme en la cual abrir los brazos y mirar desde el cielo para decirle al mundo: perdónalos porque no saben lo que hacen, y así culpar a los demás de mis errores.
Ofrezco disculpas si a alguien ofende esta imagen, pero pido que antes de juzgar relean el texto y entiendan: la pauta cultural y social en la que estaba inmerso, en la que sigo viviendo (ya sin contaminarme) me ayudó a programar a mi mente para la autodestrucción, para la auto conmiseración, y que de alguna forma una gran parte de la humanidad se la pasa construyendo su propia cruz para al final de sus días treparse a ella y decir que la culpa fue de los demás, que la vida fue injusta, que los amigos me orillaron, que yo no quería, que no pude dejar la droga, que el alcohol me venció… que se trata de enfermedades que no distinguen raza, credo, posición social… Jajaja. O sea, la estupidez de no querer tomar las riendas de mi vida es una enfermedad, y así justifico el seguir drogándome, el seguir alcoholizándome, al fin y al cabo estoy enfermo, y necesito que venga papá o mamá y me lleven al doctor, porque en esencia sigo siendo un inmaduro que insisto en echarle la culpa al vecino, al amigo, a la novia, la esposa, al trabajo, a la presión del trabajo, al sol y a la luna de las estupideces que cometo y que, en el fondo, entiendo perfectamente: quiero estar mal, quiero estar mal, quiero estar mal, y lo hago a la perfección.
Qué denso, qué denso. Y estas son conclusiones que hago en breves reflexiones durante el día porque hoy, como desde hace 8 años, cuando entro a mi habitación es para dormir, ya no para drogarme y estar como imbécil viendo el cielorraso, esperando que un milagro ocurriera sin que yo moviera un dedo.
Hoy creo que sí, que los milagros existen, lo juro, pero necesitan de uno para realizarse.
Noches enteras en vela, mirando al cielorraso de mi cuarto, el de un hotel, el que fuera. Apenas daban las diez, me urgía salir de donde fuera, de donde estuviera, para meterme en mi habitación, de soltero y la de casado también, para correr como imbécil al baño y abrir el sobre “mágico” que me llevaría al mundo de la estupidez, del abandono, de la enajenación, que es decir la negación de mi mismo y de todo lo que había construido.
Qué más da la precisión, la ubicación, si durante trece años fue el más completo estúpido, y recuerdo esas noches perfectamente: tirado en mi cama, solo, siempre solo, porque aunque estuviera acompañado, yo estaba solo, metido en mi droga, en mi mundo doloroso.
Pero ya no me duele, es más, me da risa. En serio, mucha risa.
¿Por qué?
Porque en un tiempo hasta llegué a creer que el sufrimiento era el paso necesario para llegar al gozo. Porque creí, en serio, lo juro, que había que llorar para saber reír. JA-JA-JA.
Y, la verdad, es una de esas tantas frases hechas que llegamos a tragarnos completitas y las hacemos propias y hasta las defendemos a ultranza.
Desde joven tuve inclinación por el dolor, por el sufrimiento, y crecí admirando a Marilyn Monroe, a Marlon Brando, a James Dean, a Neruda, a Oscar Wilde, y a tantos y tantos personajes atormentados y tormentosos. Creí que su dolor era el resultado de un proceso creativo que los impulsaba a generar, a crear, a ser. Y de ahí pasé a creer que yo tenía que vivir el drama, el sufrimiento como una manera de vida, como un modus vivendi que, incluso, me diera de comer y me permitiera llegar a ser tan famoso como aquellos que idolatraba.
(No es de risa, es en serio. Muy en serio. Y es importante para entender, luego, cómo pude salirme de esa mierda en la que vivía. Claro importante para el que quiera entender que salir de la droga –o de cualquier dependencia, emocional, física, moral…- no es un acto de valor ni de heroísmo, sino que es algo tan sencillo, pero ésta es harina de otro costal).
Porque hice de esa creencia un rezo, una plegaria: todos los días lo pensaba, todos los días lo analizaba con mi lógica y llegaba a esa conclusión: el sufrimiento era el camino.
Al llegar a los veinte años, y casi a punto de terminar mi carrera universitaria, casi a punto de iniciarme en los medios de comunicación, creí haber olvidado esa creencia. Sin embargo, el problema es que ya había metido esa información en mi cerebro y estaba sellada, así que justo seguí el camino que ya había trazado: comenzar a sufrir, a construirme una cruz enorme en la cual abrir los brazos y mirar desde el cielo para decirle al mundo: perdónalos porque no saben lo que hacen, y así culpar a los demás de mis errores.
Ofrezco disculpas si a alguien ofende esta imagen, pero pido que antes de juzgar relean el texto y entiendan: la pauta cultural y social en la que estaba inmerso, en la que sigo viviendo (ya sin contaminarme) me ayudó a programar a mi mente para la autodestrucción, para la auto conmiseración, y que de alguna forma una gran parte de la humanidad se la pasa construyendo su propia cruz para al final de sus días treparse a ella y decir que la culpa fue de los demás, que la vida fue injusta, que los amigos me orillaron, que yo no quería, que no pude dejar la droga, que el alcohol me venció… que se trata de enfermedades que no distinguen raza, credo, posición social… Jajaja. O sea, la estupidez de no querer tomar las riendas de mi vida es una enfermedad, y así justifico el seguir drogándome, el seguir alcoholizándome, al fin y al cabo estoy enfermo, y necesito que venga papá o mamá y me lleven al doctor, porque en esencia sigo siendo un inmaduro que insisto en echarle la culpa al vecino, al amigo, a la novia, la esposa, al trabajo, a la presión del trabajo, al sol y a la luna de las estupideces que cometo y que, en el fondo, entiendo perfectamente: quiero estar mal, quiero estar mal, quiero estar mal, y lo hago a la perfección.
Qué denso, qué denso. Y estas son conclusiones que hago en breves reflexiones durante el día porque hoy, como desde hace 8 años, cuando entro a mi habitación es para dormir, ya no para drogarme y estar como imbécil viendo el cielorraso, esperando que un milagro ocurriera sin que yo moviera un dedo.
Hoy creo que sí, que los milagros existen, lo juro, pero necesitan de uno para realizarse.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)