domingo, 9 de diciembre de 2012

Confirmado: Ximena tiene espíritu #Soy132

A sus 15 años, convencido estoy que del padre heredó la convicción de que algo debe cambiar en este mundo; que la desigualdad nos matará, que el marxismo, en teoría, es la opción que me convence, bla, bla, bla... Sí, Ximena definitivo encontró su camino en la revolución de ideas, de cosas, y sin decirlo, se ha asumido como una verdadera y real #Soy132... porque cada fin de semana que viene me deja la casa hecha un verdadero desmadre!! Si vieran la sala y su recámara, en apenas un día de estancia... no puedo llamarla vándalo, porque tampoco, pero cual manifestante juvenil, como célula aislada de una horda de destructores anónimos, ha dejado esta casa como... como... Zapatos, ropa, comida, rayones de muebles al arrastrar sus cosas... tv encendida... aparatos desconectados para que ella, libremente, pueda instalar sus cargadores de celular y computadora... mi ropa desordenada ya que, cabe aclarar, nunca trae su pijama y busca entre mis cosas algo que pueda protegerse del frío noctrurno... Bueno, mejor me pongo a limpiar, mientras ella sigue dormida, como si nada hubiera ocurrido. Tengan todos excelente día. El mío, al lado de esta princesa, será espectacular!

martes, 4 de diciembre de 2012

Pasar de BlackBerry al Iphone, una historia real

Yo sé que a ustedes les vale madres, pero para mi ha sido un asunto de trascendental importancia: acabo de mudarme a Iphone, y así, sin previo aviso, a todos mis contactos del BB chat, los abandoné para irme al whatssap pero, bueno, esas son nimiedades.. El verdadero asunto es que, cansado de tanta descompostura de la BlackBerry, decidí emigrar a una nueva tecnología que, debo decirlo, odio, alucino desde que compré mi Ipad (que nunca uso).. Bueno, tengo apenas 2 horas con mi Iphone, y luego de intentar e intentar llamadas telefónicas, ponía el altavoz porque no escuchaba ni madres.. Claro, hay que quitarle los plásticos esos que les ponen para que no se rayen las carátulas! Luego, tercer intento de llamar, bloqueado, por cachetón... Debieran decirte, cuando compras un Ihone: no, señor, no mame, ud no puede usar esto con esos cachetotes, porque estás hablando, y apenas te mueves, la llamada se cuelga y, bueno, lo peor, lo peor, lo peor, lo verdaderamente peor, es que de esas cinco desafortunadas llamadas ya tengo una enorme colección de fotos de mi oído interno: yunque, martillo y otros bichitos que se vislumbran si agrandas la foto... Bueno, negado yo para la tecnología, lo más temible del asunto es que me dijeron que para desbloqueralo, debo apretar el asterisco y aquí estoy, haciendo carita de león y nomás no se desbloquea esta chingadera.... Hasta aquí mi reporte, Joaquín.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Noviembre, cuando comencé a recuperarme de las drogas...

Hace 12 años, más o menos, conocí a Leonardo Stemberg, un experto en conducta humana al que, curiosamente, le debo la vida. No, no es que él me haya engendrado, no. Pero fue él quien, a través de su técnica de entrenamiento mental, me hizo recuperar mi capacidad de ser feliz sin depender de la droga con la cual, según yo, era feliz. Les cuento. Encerrado en un mundito del que no podía ver más allá de mi nariz, en un mundito en el que, según yo, era un triunfador (puesto ejecutivo en Televisa, director de una sección de espectáculos en un diario importante), sin darme cuenta y casi sin querer (queriendo, en realidad) me metí al consumo de cocaína, pensando, creyendo, que era algo que no me hacía tanto daño, como se decía. Durante 13 años fui adicto in crescendo a una sustancia, y como todo en esta vida tiene inicios y finales, el mío fue estrepitoso, voraz, y al final de ese ciclo me vi encerrado en cuatro paredes, consumiendo droga, sin trabajo fijo, sin dinero, sin posibilidad de nada más que de embrutecerme a lo loco, en solitario, durante dos-tres días, hasta que me recuperaba y salía, siempre, a buscar la sustancia. Sin querer, sin saber, llegué a trabajar con Stemberg; yo, como su jefe de prensa, debía encargarme de difundir su actividad, pero estaba yo más entusiasmado con recibir una paga que en saber a qué se dedicaba en realidad. Así, al 3er mes de estar y no estar, de ir y venir, de ausentarme dos tres días por semana, un buen día Leonardo me mandó llamar a su oficina para correrme. Pero antes de hacerlo, me preguntó por qué no había yo entrado a su curso de Contranalisis. “Porque no creo en ese curso”, le dije, retador que suelo ser. –Te das cuenta que estás contestando como un chiquito de 4 años que dice que no le gusta tal comida, sin haberla probado?-, me dijo. Y yo, en mi estupidez, insistí: “pues no creo”. –Ve a la gerencia, que te den un cheque de… cuánto te pago? Ah, pues que te den un cheque de 5 veces eso que ganas… pero no es el dinero tu problema”, me dijo y pegó donde tenía que pegar para que doliera. Venía yo de haberme botado un dineral en 6 meses, y efectivamente, había entendido que no era el dinero el problema, sino otro: yo. Con todo y que me corrió de su oficina, no fui a la gerencia y sí encaminé mis pasos al auditorio donde se daban los cursos de Contranalisis. Entré, y pensé: “con esto me voy a curar?”, porque pensaba yo que ser drogadicto era una enfermedad. Y, no haré el cuento largo, que tantas veces he contado ya esta historia, al cabo de unos meses, comencé a salir de la drogadicción tan fuerte que tenía. Recaí, no una, 27 veces, y cada vez me sirvió para darme cuenta que estaba en mi y en nadie más rescatarme, y así lo hice, no con fuerza de voluntad, sino apegándome a la técnica que enseñaban en los cursos. Han pasado ya casi 13 años, o doce, como quiera verse, y debo decir que sí, que Stemberg tuvo qué ver en esta resurrección, en este Ave Fénix en el que me he convertido porque, júrenlo, siempre resurjo de mis cenizas, más fuerte, más capaz, más grande. Y hay una razón para que yo me cuente y les comparta esta historia, y no es el drama o la conmiseración que pueda provocarles; no. Es que he aprendido a repetirme mis errores para no volver a cometerlos. Porque, debo confesar, mi egocentrismo no es igual al de ustedes; el mío reconoce y se asume, para no caer de nuevo en mis propias trampas. Y he dejado de culpar a nadie de mis tropiezos; son tan míos, que los asumo y los supero. Me equivoco, sí, pero no repito errores y eso, señores, me hace diferente. Ni más ni menos que nadie; simplemente diferente. Tan, tan.

Hacer o no comida de fin de año en oficina.

Cada diciembre es igual de tormentoso para mi. Agobiado de tanta metralla publicitaria, el Grinch que habita en mi termina por creer convencerse de que el espíritu navideño existe y que es lindo eso de dar y compartir... Pero el verdadero dilema, lo que fustiga y azota a este humilde reportero no es eso, sino que, al ser jefe y empleado únicos en esta oficina, me surge la duda de hacer o no comida de fin de año? Hacer o no intercambio de regalos? Juego al amigo sorpresa? Y si preparo demasiados romeritos y no llego a la comida? Y si no me gusta lo que yo mismo me regalo en el intercambio? Y si ya pedo me cuento chismes de la oficina que ni enterado estaba? No se crean, en lunes como éstos, estas dudas me laceran y hacen que mi estabilidad emocional ande por la cuerda floja. Ay!

domingo, 25 de noviembre de 2012

Un domingo con mi mejor amiga: Ximena.

Fuimos a comer, y luego a ver Amanecer 2... Debo admitir que, honestamente, no comparto el gusto por la literatura ni el cine ni toda la música que consume mi adorada hija Ximena, pero verla tan emocionada, tan entusiasta contarme una y otra vez la historia los vampiros poderosos (todos tienen súper poderes, efectivamente), no puedo menos que agradecerle a Dios que camina, que gaste suela, que vaya y pruebe hasta que encuentre lo que en la vida le apasione y pueda, gozosamente, dedicarse a ello el resto de su existencia... Pues fue tarde de comida italiana, de palomitas, de refrescos, besos y abrazos, y de decirnos y sabernos como los mejores amigos que puede haber. Y, no, no dejo de ser su padre ni ella, mi hija, pero somos cuates, amigos, nos contamos todo y todo sin reservas, porque no hay temor al regaño, al consejo no pedido, que tanto nos re caga a los dos... Ah, qué bien me hace ver a Ximena, una niña clonada en bonito de mi. Y, de la peli, pues palomera, pero divertida, excepto esos dos momentos en que ronqué, aplastado en el sillón VIP, puedo decir que la volvería a ver si ella me lo pidiera.

martes, 30 de octubre de 2012

Nadie sabe para quién vende, y mucho menos a quién compra…

Una mañana abrió los ojos, enormes, como lo son, y se dio cuenta que el cuento se había acabado; que el sueño no había siquiera existido, y sintió, una vez más, esas ganas de escapar que la habían hecho tomar la decisión primigenia de su desventura. Y tras los ojos, abrió ventanas, y tras las ventanas, que dejaron escapar el fantasma de un recuerdo irreal, abrió la puerta y salió a caminar, con nuevos sueños, con nuevas esperanzas, y una sortija de oro blanco, con diamante, en el que en algún momento había depositado una ilusión. Fue a una, a dos, a tres… Recorrió cuantas casas de empeño pudo, empeñosa, ella, empañada la historia y el mismo anillo, como quien quiere vender una lámpara de Aladino, para liberarse del genio que ni siquiera cumplió un deseo: el compromiso de ser feliz. Formal que es, fue de tienda en tienda preguntando, investigando, cuánto pagarían por su libertad, esa que a veces sujetamos a las cosas materiales, esa que conferimos a un recuerdo, a una palabra. Una, dos, tres... cientos de toc-toc, y cientos de negativas porque, una cosa era que quisiera sacarle ventaja a la venta de la sortija, y otra era que quisieran verle la cara porque, cabe decir, cuando abrió sus enormes y hermosos ojos, se dio cuenta que además del sueño roto, había una luz y una esperanza de recuperar algo, acaso, de ese compromiso consigo misma. Caminó, caminó, caminó. Ella dice que no fue tanto, pero en verdad sabía que llevaba cuatro años de recorrer tiendas y de tocar puertas, hasta que por fin encontró una, la mejor, a su parecer, sin saber que fue en ese momento en que estuvo lista para soltar la última de sus amarras. Un mal encarado empleado, de esos que suelen hacer todo igual, sin ánimo, sin mediar emoción alguna a su trabajo, la atendió. Miró con cuidado, sacó de su escritorio una lupa de joyero y observó y observó la pieza hasta que hizo su mejor oferta: 4 mil. No más. Y como ella ya había vaciado su bolsa de “peros” (de esos que usa uno para arraigarse a ciertos recuerdos: “pero, sí…”, “es que, pero…”), aceptó los 4 mil sin chistar porque, además, era la mejor oferta que había recibido por recuperar su libertad. El tipo, sin mediar más palabra, sacó de su mugriento pantalón un fajo de billetes, y sin hacer nota, factura o nada comprometedor, pagó en cash, uno a uno, los billetes que ella tomó, sonriente, y una vez más abrió otra puerta: la de la tienda y su libertad. Cuentan que algo extraordinario pasó después, a los pocos días, de hecho. Extraordinario y raro, si bien hay que aclarar: Ella, con sus enormes ojos color, que abrió más que nunca, vio que un amigo suyo, cercano, había comprado el mismo anillo que ella había malbaratado, y que ese amigo lo entregaba en una cursi, horrenda y fatídica tarde, a una de sus mejores amigas. El mismo; la misma bolsa, el mismo y extraño anillo. Así es el mundo, tan pequeño, tan redondo, a veces. De lo que ocurrirá con aquellos nuevos poseedores, nadie sabe, aunque ella reza, en silencio, para que a ellos les funcione el compromiso. Y quienes la conocen cuentan que se le escucha murmurar "nadie sabe para quién vende, y mucho menos, quién comprará".

jueves, 25 de octubre de 2012

El amor, un acto de magia

Cada vez que sonaba el teléfono, sentía eso en el estómago; la veía y, bueno, su mundo giraba de cabeza; esas mariposas lo traían vuelto loco hasta que un día se animó y quiso gritarle al mundo el inmenso aor que sentía. Un día buscó la ocasión ideal: en un estadio, durante un evento masivo, se animó, y cuando abrió la boca y emitió sonido, un sinfin de mariposas salieron de su cuerpo, y el efecto duró, al menos, 20 minutos, y las mariposas no cesaban de salir de su cuerpo, mientras todos aplaudía el mejor acto de magia que jamás habían visto. Fin.