Desde que somos niños, todos escuchamos que la droga es mala, que hace daño; que ser drogadicto es tremendo, y sentencias de esta índole, cientos, miles de veces; en la casa, en la escuela, en la calle en todos lados: el alcohol es malo, la droga es mala, el cigarro hace daño.
¿Qué ocurre, pues, en ese tiempo y el maldito instante en que alguien decide caer en el mismo esquema que caemos todos lo que hemos sido adictos a una sustancia ilegal o legal? Porque, sin temor a equivocarme, asumo que todos llegamos al mismo lugar: probar, para que no me cuenten. Y zás, ¿dónde quedó todo esa multitud de mensajes, de advertencias? ¿Dónde?
Uno inicia, por probar, por pretender entrar a un círculo; como sea, el inicio de algo prohibido es lo que nos atrae, nos seduce (¿?) y nos hace caer. ¿Por qué? No lo entiendo aún, pero en mi caso, y siempre hablaré de estos temas sólo por lo que me ha tocado vivir, sin pretender que esto sea una regla o una verdad absoluta, de nada sirvieron las advertencias, las charlas con mis padres, con mis maestros; de nada.
Un día, he contado, comencé a probar la droga, y me enganché de manera inmediata y así viví 13 años, drogándome todos los días, cada día, sin dejar ni siquiera un respiro.
Y, bueno, esa historia tuvo un final: un día dejé, definitivamente, de drogarme.
De eso hace ya 8 años y medio, y cabe señalar que en este tiempo he rescatado mi vida, mis afectos, mi trabajo… he rescatado mi vida y eso, como en los anuncios, no tiene precio.
Hoy, igual que desde hace 8 años y medio, sigo avanzando, sigo construyendo, sigo creciendo, aprendiendo, sigo cayendo, sigo levantando, sigo viviendo.
Hoy es para mí un día especial, porque de aquel Víctor Hugo autodestructivo, queda muy poco, casi nada, y es tan genial lo que tengo, que este lunes celebro 2 años de ser papá soltero, un regalo maravilloso, la cereza del pastel que aún cocino, cada día, todos los días.
Hoy, la vida es una gran oportunidad de ser feliz, de ser dichoso, con lo que tengo, con lo que soy, con lo que quiero ser. Y quiero ser y soy una persona feliz, capaz de compartir estas historias que, excepto la de hoy, siempre me sacuden y me mueven a darme cuenta que vivir bien es para lo único que hemos sido creados.
UN abrazo.
Relatos breves (a veces)de alguien que, confiesa, también ha vivido, ha muerto y ha vuelto a nacer en múltiples ocasiones. Un Fénix que resurge constantemente de sus cenizas.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Despedida de soltero y luna de miel, nadando en la droga
Si bien es cierto que asociamos la idea de consumo de drogas y de alcohol con una fiesta eterna, mujeres, amigos, un reventón infinito, la verdad es que en mi caso nunca sucedió así. Como he explicado en otras ocasiones, al convertirse en un hábito (un mal hábito, claro), el consumo de droga tenía un patrón en mi conducta: sólo en las noches, y solo. Pocas veces consumí droga con otras personas; pocas, muy pocas veces estuve en “la fiesta”.
Bueno, pues mi despedida de soltero no fue la excepción. Desconcertante para mí y para mis amigos cercanos, los inmediatos, los que por insistencia me convencieron de “reventarnos “ la noche anterior a la boda.
Se había pensado, como se piensa en esos casos, una salida a un antro, a un table dance, a beber, a interactuar con mujeres (interactuar, jaja) pero no fue así; una, sólo he ido a los tables en casos inevitables de trabajo (en serio, aunque suene raro, por trabajo he tenido que ir); dos, tan nervioso estaba y con tanto miedo por el inminente cambio de esta civil, que no quería “reventarme” y al otro día amanecer con malestar, así que se pensó en algo muy simple: cenaríamos en mi casa, beberíamos, sí, pero a las 12 de la noche cada quien se iría.
Y nos dieron las 12, la 1 y las 2 y el que se fue, fui yo, a mi recámara, a consumir droga; dejé a mis amigos en la sala de mi casa, bebiendo, con cara de extrañados, como sin entender por qué el de la fiesta se iba, sin más, argumentando: no quiero amanecer crudo. En realidad, fue el pretexto para subirme a mi cuarto, a atascarme la nariz de polvo blanco (en aquel entonces no consumía más de 2 gramos al día), a “reflexionar” sobre lo que ocurriría al día siguiente.
¡Bah! Ni reflexioné ni nada. Sólo me fui a mi cuarto a embrutecerme más que lo que ya estaba con el alcohol de la cena, y a regodearme en mi miedo de saber que me casaba sin estar enamorado.
La mañana siguiente llegó; yo, con apenas 4 horas de sueño, me sentí bien, sin cruda, sin malestares más allá de la desvelada, y así comenzó el día más largo de toda mi vida: saber que en la tarde/noche daría un paso definitivo y para el cual una semana previa me habían abierto la puerta del escape y yo, tontamente, me aferré a no quedar mal con nadie y a asumir que me casaba, que me casaba, que me casaba.
Todas estas cosas pasaban por mi cabeza, pero lo que más ocupaba mi pensamiento era una sola cosa: ¿cómo diablos le haría para llevarme mis gramos de locura a la luna de miel? Sí, en esa tontería se iba mi mente todo el tiempo. Había invitado, obvio, a mis 2 vendedores de droga a que me acompañaran a la boda, con la esperanza que su regalo fuera una buena dotación de estupefaciente. Sólo uno de ellos llegó, pero con las manos vacías, así que me cabeza no estuvo en disfrutar o en sufrir la boda misma, sino en cómo iba a hacerle para el otro dealer llegara y me llevara mercancía.
Siempre estuve sonriente, bromista, más de nervios, en verdad, durante la boda religiosa, durante la boda civil, y durante la fiesta, me dije: ya estoy aquí, pues a bailar, a beber y convivir con todo mundo, no sin estar pendiente del celular por si me regresaba la llamada mi vendedor de tantos años.
Y, sí, por fin llamó, y yo salí del salón de fiestas argumentando no sé qué, y ante la mirada incrédula de muchos, incluyendo mi ex esposa, me salí a ver al dealer, quien, de regalo, me dio una dotación de 5 gramos que guardé celoso en el traje, y así, con una sonrisa enorme, enorme, me regresé a la fiesta.
MI ex esposa y yo terminamos todo el rollo de fiesta, tornaboda, que le llaman, cerca de las 4 am, y de ahí nos fuimos a casa de sus papás, porque el vuelo a la luna de miel salía a las 8 am, así que no dormiríamos ni un poco.
Y así, desvelados, algo cansados, un poco crudos, nos fuimos a la luna de miel; yo, con una tranquilidad de saber que en mi equipaje llevaba droga como para aguantar la semana entera de la luna de miel; ella, en la esperanza de cumplir un sueño que yo rompería a las primeras de cambio.
¿Cómo pudo ser una luna de miel, un momento se supone mágico de suyo, cuando uno de los dos sólo tenía su mente concentrada en qué momento podré consumir una dosis de droga?
Terrible, triste, deplorable. Y será motivo de la próxima entrega.
Bueno, pues mi despedida de soltero no fue la excepción. Desconcertante para mí y para mis amigos cercanos, los inmediatos, los que por insistencia me convencieron de “reventarnos “ la noche anterior a la boda.
Se había pensado, como se piensa en esos casos, una salida a un antro, a un table dance, a beber, a interactuar con mujeres (interactuar, jaja) pero no fue así; una, sólo he ido a los tables en casos inevitables de trabajo (en serio, aunque suene raro, por trabajo he tenido que ir); dos, tan nervioso estaba y con tanto miedo por el inminente cambio de esta civil, que no quería “reventarme” y al otro día amanecer con malestar, así que se pensó en algo muy simple: cenaríamos en mi casa, beberíamos, sí, pero a las 12 de la noche cada quien se iría.
Y nos dieron las 12, la 1 y las 2 y el que se fue, fui yo, a mi recámara, a consumir droga; dejé a mis amigos en la sala de mi casa, bebiendo, con cara de extrañados, como sin entender por qué el de la fiesta se iba, sin más, argumentando: no quiero amanecer crudo. En realidad, fue el pretexto para subirme a mi cuarto, a atascarme la nariz de polvo blanco (en aquel entonces no consumía más de 2 gramos al día), a “reflexionar” sobre lo que ocurriría al día siguiente.
¡Bah! Ni reflexioné ni nada. Sólo me fui a mi cuarto a embrutecerme más que lo que ya estaba con el alcohol de la cena, y a regodearme en mi miedo de saber que me casaba sin estar enamorado.
La mañana siguiente llegó; yo, con apenas 4 horas de sueño, me sentí bien, sin cruda, sin malestares más allá de la desvelada, y así comenzó el día más largo de toda mi vida: saber que en la tarde/noche daría un paso definitivo y para el cual una semana previa me habían abierto la puerta del escape y yo, tontamente, me aferré a no quedar mal con nadie y a asumir que me casaba, que me casaba, que me casaba.
Todas estas cosas pasaban por mi cabeza, pero lo que más ocupaba mi pensamiento era una sola cosa: ¿cómo diablos le haría para llevarme mis gramos de locura a la luna de miel? Sí, en esa tontería se iba mi mente todo el tiempo. Había invitado, obvio, a mis 2 vendedores de droga a que me acompañaran a la boda, con la esperanza que su regalo fuera una buena dotación de estupefaciente. Sólo uno de ellos llegó, pero con las manos vacías, así que me cabeza no estuvo en disfrutar o en sufrir la boda misma, sino en cómo iba a hacerle para el otro dealer llegara y me llevara mercancía.
Siempre estuve sonriente, bromista, más de nervios, en verdad, durante la boda religiosa, durante la boda civil, y durante la fiesta, me dije: ya estoy aquí, pues a bailar, a beber y convivir con todo mundo, no sin estar pendiente del celular por si me regresaba la llamada mi vendedor de tantos años.
Y, sí, por fin llamó, y yo salí del salón de fiestas argumentando no sé qué, y ante la mirada incrédula de muchos, incluyendo mi ex esposa, me salí a ver al dealer, quien, de regalo, me dio una dotación de 5 gramos que guardé celoso en el traje, y así, con una sonrisa enorme, enorme, me regresé a la fiesta.
MI ex esposa y yo terminamos todo el rollo de fiesta, tornaboda, que le llaman, cerca de las 4 am, y de ahí nos fuimos a casa de sus papás, porque el vuelo a la luna de miel salía a las 8 am, así que no dormiríamos ni un poco.
Y así, desvelados, algo cansados, un poco crudos, nos fuimos a la luna de miel; yo, con una tranquilidad de saber que en mi equipaje llevaba droga como para aguantar la semana entera de la luna de miel; ella, en la esperanza de cumplir un sueño que yo rompería a las primeras de cambio.
¿Cómo pudo ser una luna de miel, un momento se supone mágico de suyo, cuando uno de los dos sólo tenía su mente concentrada en qué momento podré consumir una dosis de droga?
Terrible, triste, deplorable. Y será motivo de la próxima entrega.
Sangre en mi nariz, labios dormidos… la pura fiesta
Cuando comencé a drogarme con cocaína, ésta era una droga cara, por decirlo de un modo; no eran tan popular ni tan fácil conseguirla, y generalmente era más pura que la que uno termina consumiendo.
Me explico y explico hasta donde alcanza a entender, porque ser consumidor y adicto no significa que uno sea experto en el tema, aclaro: la cocaína que consumía en un principio de mi adicción era casi pura, y había categorías; la mejor, siempre, le llamaban “de la del Papa”, por decir que era de la mejor calidad, si cabe el término.
Esa droga tan pura podía causar hemorragias instantáneas, y yo tuve varias de ese tipo. La primea, en una fiesta en el Pedregal, en casa de una actriz que nos daba una cena a varios periodistas de la vieja guardia en la que yo, aclaro, era el nuevo, el más joven, y comenzaba a destacarme por mis entrevistas y mis notas de portada.
Esa noche, para mí, fue como una especie de “bautizo” en el que, oficialmente, entraba yo a un círculo de amistades poderosas: empresarios de la farándula, productores de cine, actores, actrices que siempre había admirado, y ahora estaba yo en su mundo, y de verdad me la creí.
Y como algún pudor cabía en ese ambiente, no me tocó esa vez los ceniceros repletos para que cada quien se atendiera, no; esa vez, todos me seguían con la mirada, todos esperaban a que yo hiciera el menor movimiento y caminara para que alguna persona me siguiera.
Al cabo de dos horas, y sin saber lo que me esperaba, entré al baño con la sana intención de orinar, y en eso estaba cuando entró, sin más ni más, uno de los invitados, el esposo de una actriz y antes de que yo pudiera reaccionar, él sacaba un sobre, picaba la droga y me ofrecía con su tarjeta de crédito una pequeña dosis de polvo que acercó a mi nariz. “Ten; dale, es de la del Papa”, me dijo y yo, obediente, inhalé, inhalé fuerte, como para demostrarle que yo era experto, que sabía lo que hacía.
De repente, sentí un agudo dolor en la frente, en la cabeza, y sentí como si mi nariz hubiera aspirado vidrios porque de inmediato me vino una hemorragia y mi compañero de aventura sólo se río, aspiró su dosis y se salió del baño, dejándome espantado, sangrando, tratando de limpiarme y de parar el sangrado.
Al cabo de 15 minutos salí del baño, ya sin la hemorragia, apenado por la situación que, ciertamente, a nadie le importó gran cosa, y seguí en la fiesta hasta entrada la mañana.
Y, cómo son las cosas que aprendemos por imitación, que hasta creí que ese episodio era una copia de una película: Caracortada, la versión de Al Pacino, en la que el protagonista mete su nariz y su cara en un montón de droga, o la imagen de Michelle Pfeiffer cuando, al terminar de inhalar, ensaliva el dedo, lo mete en la cocaína y se masajea las encías y, en una de esas, sangra por la nariz. Y eso, suena estúpido, era lo que yo creía que debía ser: entrar a un mundo que yo creía elevado, polvear mi nariz y sangrar, hasta asentir la boca, los labios dormidos.
Al tiempo: ni entré a ese mundo (afortunadamente) y en cambio mi nariz quedó tan lacerada de tanta droga que, a la fecha, mi fosa nasal izquierda padece resequedad crónica.
De esa historia han transcurrido 17-18 años, y puedo decir que sobreviví a tanta fiesta, a tanto exceso.
Me explico y explico hasta donde alcanza a entender, porque ser consumidor y adicto no significa que uno sea experto en el tema, aclaro: la cocaína que consumía en un principio de mi adicción era casi pura, y había categorías; la mejor, siempre, le llamaban “de la del Papa”, por decir que era de la mejor calidad, si cabe el término.
Esa droga tan pura podía causar hemorragias instantáneas, y yo tuve varias de ese tipo. La primea, en una fiesta en el Pedregal, en casa de una actriz que nos daba una cena a varios periodistas de la vieja guardia en la que yo, aclaro, era el nuevo, el más joven, y comenzaba a destacarme por mis entrevistas y mis notas de portada.
Esa noche, para mí, fue como una especie de “bautizo” en el que, oficialmente, entraba yo a un círculo de amistades poderosas: empresarios de la farándula, productores de cine, actores, actrices que siempre había admirado, y ahora estaba yo en su mundo, y de verdad me la creí.
Y como algún pudor cabía en ese ambiente, no me tocó esa vez los ceniceros repletos para que cada quien se atendiera, no; esa vez, todos me seguían con la mirada, todos esperaban a que yo hiciera el menor movimiento y caminara para que alguna persona me siguiera.
Al cabo de dos horas, y sin saber lo que me esperaba, entré al baño con la sana intención de orinar, y en eso estaba cuando entró, sin más ni más, uno de los invitados, el esposo de una actriz y antes de que yo pudiera reaccionar, él sacaba un sobre, picaba la droga y me ofrecía con su tarjeta de crédito una pequeña dosis de polvo que acercó a mi nariz. “Ten; dale, es de la del Papa”, me dijo y yo, obediente, inhalé, inhalé fuerte, como para demostrarle que yo era experto, que sabía lo que hacía.
De repente, sentí un agudo dolor en la frente, en la cabeza, y sentí como si mi nariz hubiera aspirado vidrios porque de inmediato me vino una hemorragia y mi compañero de aventura sólo se río, aspiró su dosis y se salió del baño, dejándome espantado, sangrando, tratando de limpiarme y de parar el sangrado.
Al cabo de 15 minutos salí del baño, ya sin la hemorragia, apenado por la situación que, ciertamente, a nadie le importó gran cosa, y seguí en la fiesta hasta entrada la mañana.
Y, cómo son las cosas que aprendemos por imitación, que hasta creí que ese episodio era una copia de una película: Caracortada, la versión de Al Pacino, en la que el protagonista mete su nariz y su cara en un montón de droga, o la imagen de Michelle Pfeiffer cuando, al terminar de inhalar, ensaliva el dedo, lo mete en la cocaína y se masajea las encías y, en una de esas, sangra por la nariz. Y eso, suena estúpido, era lo que yo creía que debía ser: entrar a un mundo que yo creía elevado, polvear mi nariz y sangrar, hasta asentir la boca, los labios dormidos.
Al tiempo: ni entré a ese mundo (afortunadamente) y en cambio mi nariz quedó tan lacerada de tanta droga que, a la fecha, mi fosa nasal izquierda padece resequedad crónica.
De esa historia han transcurrido 17-18 años, y puedo decir que sobreviví a tanta fiesta, a tanto exceso.
A mis 44 años...
No, definitivamente no estoy viejo; soy un hombre maduro, lo que los gringos llaman middle-age-man, jajaja.
Pues a mi edad, y luego de haber atravesado por ciertas circunstancias que, ya habrán leído algunos, puedo decir con certeza y apego a mi realidad: soy un hombre feliz.
Sí, entendiendo la felicidad como esa capacidad de disfrutar el momento, el hoy, el ahora, sin pensar mucho en el ayer (acaso como un marco de referencia para evitar caer en los mismos errores)
Pues a mi edad, y luego de haber atravesado por ciertas circunstancias que, ya habrán leído algunos, puedo decir con certeza y apego a mi realidad: soy un hombre feliz.
Sí, entendiendo la felicidad como esa capacidad de disfrutar el momento, el hoy, el ahora, sin pensar mucho en el ayer (acaso como un marco de referencia para evitar caer en los mismos errores)
Hace 8 años y medio me di la oportunidad de renacer
En estos días cumplo 8 años de haber dejado las drogas. 8 años de haberme dado la oportunidad de renacer.
No lo hice solo.
Ya había dejado yo mi puesto ejecutivo en Televisa (donde fui jefe de prensa durante 4 años), y apenas colaboraba con una columna de chismes de la farándula en el diario Reforma (De par en par, era el título de la entrega semanal), y estaba en una situación deprimente, desocupado toda la semana, con mi consumo a tope (el dinero comenzaba a escasear y la paga de la columna no alcanzaba para tanto).
Por fortuna, hace 9 años un gran amigo, Enrique Maccise me llamó una noche a la casa para preguntarme si quería trabajar con Leonardo Stemberg, un estudioso del comportamiento humano que en ese entonces tenía un canal de tv privado desde el cual transmitía a todo el país El Potencial Humano, y como yo había visto a Stemberg por tv y hasta había estado a dos de llamarlo para consultarlo sobre mi situación (en apariencia, él daba consejos a sus televidentes y recomendaba un curso), no dudé en visitarlo y ver de qué se trataba la oferta de trabajo.
Leonardo Stemberg es el tipo de persona que un puede prejuzgar a la primera: argentino, barba larga-larga, siempre de traje, vendedor de sí mismo y de su curso: Contranalisis.
Y ahí fui, buscando chamba más que resolver mi situación, y apenas entré a su oficina me pidió que le contara a qué me dedicaba y qué había hecho, profesionalmente hablando.
A los 20 minutos me dijo: “Eres la persona indicada; ¿cuánto quieres ganar?”, y ahí encontré la solución a mi problema económico: iba a ganar poco menos de lo que había estado ganando en Televisa. “Eso, más lo de Reforma, claro que me alcanza para reventarme y cumplir con mis obligaciones”: ser padre divorciado, dar pensión alimenticia y colaborar en los gastos de la casa de mi madre, a donde me había ido a refugiar luego de mi divorcio.
En esa etapa, mi consumo estaba ya entre los 10 y los 6 gramos diarios; sí, ya no tenía vida; para ese entonces, me la pasaba encerrado en mi habitación, consumiendo, consumiendo, consumiendo; asó podían transcurrir dos-tres días, sin comer, sin dormir, sin salir siquiera a saludar a nadie.
Obvio, no era algo que podía o quería ventilar, así que no le dije a Leonardo nada. Y él me dio el trabajo de ser su jefe de prensa.
¿Qué vendía Leonardo? ¿Qué se hacía en la Organización Mundial para la paz Interior? No sabía ni me importaba. Tan mal estaba, que en lo único que pensaba era en que ya tendría dinero de nueva cuenta para comprar droga; en aquel entonces, me gastaba un promedio de mil 200 pesos diarios en eso y, créame, era en lo único que pensaba y lo único que me importaba.
Otra vez estaba ante la posibilidad de reconstruir lo que había tirado, y ¡zás! Estuve a un paso de volverlo a hacer: destruirme.
Al tercer día de haber comenzado a trabajar con Leonardo falté a la oficina; ¿el pretexto? No recuerdo con exactitud, pero debió ser una tontería. Y así comenzó una extraña relación en la que sólo Stemberg fue capaz de aguantar mi peor etapa de trabajo. Llegaba tarde a la oficina, me salía antes que todos y comencé a establecer un nuevo patrón: faltaba todos los martes y faltaba tooodos los jueves; el resto de los días, apenas iba, apenas me aparecía, y cuando iba a trabajar, en realidad me la pasaba hablando por teléfono, contándole a todo aquel que podía de la mala situación que atravesaba: estaba en pleno divorcio, tenía más de un año de no ver a mi hija (por razones ahora obvias, mi ex esposa no me permitía siquiera acercarme a la niña)
En resumen: no trabajaba como debía pero, eso sí, a la hora de cobrar, hasta pedía que me adelantaran el sueldo.
A la distancia, créame, no puedo entender qué pasaba por mi cabeza que no podía frenar ese consumo tan loco, tan exagerado: entre 10 y 6 gramos al día de droga; sí, todo el tiempo estaba alterado, a veces lo podía disimular, a veces no, y ahí estaba, en una oficina en la que yo tenía que tratar de generarle notas periodísticas a un señor que no entendía. Pero todo por serviré se acaba y el hilo se rompe, como siempre, por lo más delgado.
“Víctor, ¿puedo hacerte una pregunta muy tonta?”, me dijo Stemberg justo al tercer mes de haberme contratado.
“¿Qué hago con un empleado que no quiere trabajar, que falta varios días a la semana, que tiene problemas con el alcohol –él creyó que yo era alcohólico- y que ni siquiera ha tomado el curso de Contranalisis?”
Córrelo –le dije en un cinismo que aún me revienta porque sabía que me enfrentaba a mi-.
“¿Eso quisieras, que te corriera? ¿Cuánto ganas? Mira, ve a la gerencia y diles que te den un cheque de 100 mil pesos como liquidación”, dijo muy sereno y hasta que vio mi cara de asombro por “el premio” que iba a recibir, y aprovechando la reacción, agregó: “no, no, que mejor te den 150 mil pesos, Víctor, pero te advierto que el dinero no va a resolver tu problema y es muy probable que hasta lo empeore. No has entrado al curso, como un nene de 5 años me dices que no crees en mi curso si ni siquiera has entrado y no sabes de qué se trata, ¿cómo te atreves a decir que el curso no funciona? Vete, ve por tu dinero y no quiero volver a verte por acá”.
¡Charros, charros, charros! El primer regaño por mi conducta hizo que, al día siguiente, ya oficialmente despedido de ese trabajo, al día siguiente fuera yo el primero en entrar al dichoso curso de Contranalisis.
¿Qué pasó en el curso? ¿De dónde venía yo? ¿Hasta dónde había caído? Pareciera que me salté muchos años y la historia no se entienda quizá, pero quise hacer este salto porque, de verdad, el curso salvó mi vida, y más allá; sin ser un curso para adictos, alcohólicos, a mí me cambió la vida de manera casi mágica porque nunca me dijeron deja las drogas, porque ni siquiera me preguntaron qué tenía, por qué estaba ahí.
Al tercer mes de estar en el curso, con mi consumo a todo, con mis ausencias en el trabajo (Leonardo me dio una nueva oportunidad), un buen día, luego de 13 años de consumir drogas todos los días, un buen día se me olvidó, de veras, hablarle al dealer; un buen día llegué a casa y hasta el momento de abrir la puerta me di cuenta que no había comprado, que en todo el santo día me había ocupado de otras cosas, menos de pensar en comprar droga.
Esa noche no pude dormir, pensando y pensando cómo era posible que, luego de un hábito de todos los días, esa vez se me hubiera olvidado comprar.
Ahí, justo ahí comencé a renacer.
No lo hice solo.
Ya había dejado yo mi puesto ejecutivo en Televisa (donde fui jefe de prensa durante 4 años), y apenas colaboraba con una columna de chismes de la farándula en el diario Reforma (De par en par, era el título de la entrega semanal), y estaba en una situación deprimente, desocupado toda la semana, con mi consumo a tope (el dinero comenzaba a escasear y la paga de la columna no alcanzaba para tanto).
Por fortuna, hace 9 años un gran amigo, Enrique Maccise me llamó una noche a la casa para preguntarme si quería trabajar con Leonardo Stemberg, un estudioso del comportamiento humano que en ese entonces tenía un canal de tv privado desde el cual transmitía a todo el país El Potencial Humano, y como yo había visto a Stemberg por tv y hasta había estado a dos de llamarlo para consultarlo sobre mi situación (en apariencia, él daba consejos a sus televidentes y recomendaba un curso), no dudé en visitarlo y ver de qué se trataba la oferta de trabajo.
Leonardo Stemberg es el tipo de persona que un puede prejuzgar a la primera: argentino, barba larga-larga, siempre de traje, vendedor de sí mismo y de su curso: Contranalisis.
Y ahí fui, buscando chamba más que resolver mi situación, y apenas entré a su oficina me pidió que le contara a qué me dedicaba y qué había hecho, profesionalmente hablando.
A los 20 minutos me dijo: “Eres la persona indicada; ¿cuánto quieres ganar?”, y ahí encontré la solución a mi problema económico: iba a ganar poco menos de lo que había estado ganando en Televisa. “Eso, más lo de Reforma, claro que me alcanza para reventarme y cumplir con mis obligaciones”: ser padre divorciado, dar pensión alimenticia y colaborar en los gastos de la casa de mi madre, a donde me había ido a refugiar luego de mi divorcio.
En esa etapa, mi consumo estaba ya entre los 10 y los 6 gramos diarios; sí, ya no tenía vida; para ese entonces, me la pasaba encerrado en mi habitación, consumiendo, consumiendo, consumiendo; asó podían transcurrir dos-tres días, sin comer, sin dormir, sin salir siquiera a saludar a nadie.
Obvio, no era algo que podía o quería ventilar, así que no le dije a Leonardo nada. Y él me dio el trabajo de ser su jefe de prensa.
¿Qué vendía Leonardo? ¿Qué se hacía en la Organización Mundial para la paz Interior? No sabía ni me importaba. Tan mal estaba, que en lo único que pensaba era en que ya tendría dinero de nueva cuenta para comprar droga; en aquel entonces, me gastaba un promedio de mil 200 pesos diarios en eso y, créame, era en lo único que pensaba y lo único que me importaba.
Otra vez estaba ante la posibilidad de reconstruir lo que había tirado, y ¡zás! Estuve a un paso de volverlo a hacer: destruirme.
Al tercer día de haber comenzado a trabajar con Leonardo falté a la oficina; ¿el pretexto? No recuerdo con exactitud, pero debió ser una tontería. Y así comenzó una extraña relación en la que sólo Stemberg fue capaz de aguantar mi peor etapa de trabajo. Llegaba tarde a la oficina, me salía antes que todos y comencé a establecer un nuevo patrón: faltaba todos los martes y faltaba tooodos los jueves; el resto de los días, apenas iba, apenas me aparecía, y cuando iba a trabajar, en realidad me la pasaba hablando por teléfono, contándole a todo aquel que podía de la mala situación que atravesaba: estaba en pleno divorcio, tenía más de un año de no ver a mi hija (por razones ahora obvias, mi ex esposa no me permitía siquiera acercarme a la niña)
En resumen: no trabajaba como debía pero, eso sí, a la hora de cobrar, hasta pedía que me adelantaran el sueldo.
A la distancia, créame, no puedo entender qué pasaba por mi cabeza que no podía frenar ese consumo tan loco, tan exagerado: entre 10 y 6 gramos al día de droga; sí, todo el tiempo estaba alterado, a veces lo podía disimular, a veces no, y ahí estaba, en una oficina en la que yo tenía que tratar de generarle notas periodísticas a un señor que no entendía. Pero todo por serviré se acaba y el hilo se rompe, como siempre, por lo más delgado.
“Víctor, ¿puedo hacerte una pregunta muy tonta?”, me dijo Stemberg justo al tercer mes de haberme contratado.
“¿Qué hago con un empleado que no quiere trabajar, que falta varios días a la semana, que tiene problemas con el alcohol –él creyó que yo era alcohólico- y que ni siquiera ha tomado el curso de Contranalisis?”
Córrelo –le dije en un cinismo que aún me revienta porque sabía que me enfrentaba a mi-.
“¿Eso quisieras, que te corriera? ¿Cuánto ganas? Mira, ve a la gerencia y diles que te den un cheque de 100 mil pesos como liquidación”, dijo muy sereno y hasta que vio mi cara de asombro por “el premio” que iba a recibir, y aprovechando la reacción, agregó: “no, no, que mejor te den 150 mil pesos, Víctor, pero te advierto que el dinero no va a resolver tu problema y es muy probable que hasta lo empeore. No has entrado al curso, como un nene de 5 años me dices que no crees en mi curso si ni siquiera has entrado y no sabes de qué se trata, ¿cómo te atreves a decir que el curso no funciona? Vete, ve por tu dinero y no quiero volver a verte por acá”.
¡Charros, charros, charros! El primer regaño por mi conducta hizo que, al día siguiente, ya oficialmente despedido de ese trabajo, al día siguiente fuera yo el primero en entrar al dichoso curso de Contranalisis.
¿Qué pasó en el curso? ¿De dónde venía yo? ¿Hasta dónde había caído? Pareciera que me salté muchos años y la historia no se entienda quizá, pero quise hacer este salto porque, de verdad, el curso salvó mi vida, y más allá; sin ser un curso para adictos, alcohólicos, a mí me cambió la vida de manera casi mágica porque nunca me dijeron deja las drogas, porque ni siquiera me preguntaron qué tenía, por qué estaba ahí.
Al tercer mes de estar en el curso, con mi consumo a todo, con mis ausencias en el trabajo (Leonardo me dio una nueva oportunidad), un buen día, luego de 13 años de consumir drogas todos los días, un buen día se me olvidó, de veras, hablarle al dealer; un buen día llegué a casa y hasta el momento de abrir la puerta me di cuenta que no había comprado, que en todo el santo día me había ocupado de otras cosas, menos de pensar en comprar droga.
Esa noche no pude dormir, pensando y pensando cómo era posible que, luego de un hábito de todos los días, esa vez se me hubiera olvidado comprar.
Ahí, justo ahí comencé a renacer.
Dejar vicios es cuestión de fondo… sí, de tocarlo
Esta semana estaba a punto de cumplir 4 meses de haber dejado el cigarro y el refresco de Cola (aunque no ponga la marca, me gusta la que le gusta a todo el mundo; sí, la del Santa Claus) cuando “se me atravesó” el Festival de Jazz en la Riviera Maya; sí, un pretexto para volver a fumar y tomar refresco.
Esta recaída me hace pensar en que quizá tengan razón los grupos de autoayuda y sí, uno siempre quede expuesto a la terrible posibilidad de recaer en otras adicciones, y aunque he cumplido 8 años de no consumir cocaína, vaya, creo que uno quizá nunca pueda cantar victoria y será mejor mantenerse alerta, despierto, por si ese demonio quisiera aparecerse de nuevo… aunque en mi caso, lo dudo mucho por varias razones.
Tocar fondo, en cada caso, es un proceso único e independiente; en el mío, fue un día leer la sentencia de un juez que determinaba: “se le condena a la pérdida de la Patria Potestad de su hija…”, lo que significaba que yo no volvería a ver a mi hija hasta que ella cumpliera 18 años y eso, siempre y cuando ella quisiera verme.
Ana Ximena, mi hija, tenía apenas 4 años cuando esto ocurrió. Y no, no fue por mis adicciones que perdí la Patria Potestad, curiosamente, sino por otras circunstancias que la ley considera más graves aún, como no da pensión alimenticia (que siempre dí, pero nunca pude comprobar en el juzgado; en fin, ni al caso).
De los 3 a los 4 años de edad, no pude ver a mi hija; su mamá, enojada, no me la permitía ver y, bueno, a ese año de sufrimiento se le acumuló esa sentencia que me cayó como un golpe en la cabeza.
Un amigo, Leonardo Stemberg, me dijo esa misma tarde en que había leído apenas la resolución del juzgado: “¡Te felicito! ¡Es lo mejor que pudo haberte pasado!”.
¿Cómo, cómo, cómo, cóooooomo? A ver, dónde encuentro el motivo de alegría, de dicha si te estoy diciendo que ya no podré ver a mi hija nunca más?, le pregunté realmente enojado, enfadado por lo que creí una burla.
“Mira, Víctor Hugo; todos tenemos un fondo, un hasta aquí; el tuyo no es quedarte en la calle, mendingando, asaltando para tener dinero para comprar droga; no está en tu naturaleza; puedes estar mal con las drogas, pero este suceso es tu fondo de dolor, y lo más hermoso -así me lo dijo- de tocar fondo es que ya no hay más abajo, y entonces comienzas a buscar la manera de salir a flote. No pierdes a tu hija; entiende, la mamá está enojada, no sabe cómo defender a su hija… Te lo digo yo: antes de que te des cuenta, volverás a ver a tu hija, volverás a tu vida sin drogas”.
Le dije que era una estupidez lo que me estaba diciendo, que cómo se atrevía y no sé qué más.
Justo en aquel momento estaba yo en el sexto mes de mi curso de Contranalisis; mis períodos de abstinencia eran cada vez más prolongados y más firmes, así que una vez pasado el enojo, en lugar de preocuparme, me ocupé en resolver la situación que atravesaba.
Apoyado por él y por amigos entrañables –sí, para darle gusto al porro cibernético que me tacha de ser pobre, admitiré que eso de acumular dinero nunca se me ha dado-, pude pagar a uno de los mejores abogados en asuntos familiares, y pude celebrar mi renuncia a la cocaína con una maravillosa noticia: la ley me regresó la Patria Potestad de mi hija poco antes de que ella cumpliera los 5 años de edad.
MI caso causó jurisprudencia (que, entiendo, quiere decir que ahora es un referente en situaciones similares) pero, más allá de eso, la vida me ha dado oportunidad de recuperar tanto que, incluso, hoy mi hija vive conmigo; es decir, desde hace 2 años tengo ahora la Guarda y Custodia de Ana Ximena, una niña a la que he aprendido a amar conforme he ido aprendiendo a quererme.
Hoy regresé de ese viaje de trabajo a la Riviera Maya, y regresé con una piedrita en el huarache: no me siento cómodo de haber retomado mis hábitos con el cigarro y el refresco pero, qué caray, así fue con la cocaína: poco a poco, con tropiezos, espero dejarlos definitivamente en breve.
Espero que el aprendizaje de aquella vez no tenga que repetirse y tenga yo que tocar fondo con el tabaco y las gaseosas, que mis pulmones o mis riñones me reclamen el abuso de estas sustancias.
Espero, en serio, haber aprendido la lección.
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